La Navidad estaba cada vez más próxima y los días se hacían cada vez más cortos y grises, el ambiente se volvía plomizo y la niebla lo acaparaba todo durante días. Alejada de la tierra del sol perenne el cuerpo de Arure clamaba algún tipo de hibernación. Dame sol o déjame caer en los brazos de Achamán hasta que los días sean cálidos y se atisbe el próximo Beñesmén, parecía pedirle su cuerpo. A la falta de luz, y siguiendo sus anhelos de añoranza isleña, debía añadir la indigesta realidad. Por tercera vez en lo que iba de año, había tenido que cancelar sus planes de visita a las Hespérides. 

Llegó a casa, no debían ser más de las seis de la tarde, pero ya era noche cerrada. Dejo las llaves en la cómoda del pasillo, la mochila y abrigo al perchero y se descalzó. Fue directa al dormitorio, dispuesta a cambiarse de ropa y preparar algo de cena. 

Sentada en los pies de la cama dejó caer el cuerpo hacia atrás. Solo un par de minutos, se dijo a sí misma. Se quedó mirando al techo, respirando hondo. En algún momento de aquellos dos minutos se quedó profundamente dormida. 

El sonido de las chacaras y los tambores parecían provenir de lo más profundo de Achinech, retumbando en sus huesos y sus carnes. Su cuerpo vibraba al compás de aquel sonido tribal y extático. Veía aparecer a los danzantes del tajaraste gomero de entre la niebla, percibía los tambores tras de ellos y las voces de las mujeres cantando acaso algún romancero, Arure quiso reconocer Lanzarote y el ciervo del pie gris; 

“… Verde montaña florida, …, el verte me da alegría 

Tres hijos tenía el rey, …, tres infantes de Castilla …” 

Quiso alargar la mano, como si quisiera acariciar los ropajes de los danzantes, entonces todo se volvió turquesa. Comenzó a soplar una suave brisa y notó los pies sobre la arena. Una arena rubia que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, entremezclándose arena y mar, mar y arena, formando grandes lagunas poco profundas donde entraba y salía el agua a cada oleaje. Sotavento, se dijo, quizá Corralejo. 

Sus brazos se volvieron alas, y se percibió sobrevolando barrancos y riscos repletos de un verdor que sobrecogía los ojos, las aguas de los nacientes se esparramaba por los cauces, salvando el desnivel creando un juego de cascadas y charcones. 

En un giro aromático llegó hasta su olfato el característico olor del millo tostado, pudo ver la antigua canal de la Heredad de la Vega Mayor y las bocinas de los coches pitando antes de llegar a la cerrada curva, aquello era inconfundible, ¿Cuántas veces pasé durante mi infancia por delante de aquel molino? Se preguntó. Se vio bajar los escalones y pedirle dos kilos de gofio de millo a Mario, el nieto de Bartolito el de Rojas. Del gofio al potaje de berros de Ma no tuvo transición, como siempre Maye te ponía el plato lleno hasta el borde, diciendo: 

“Come mi niña, que ustedes no saben lo que es pasar hambre” 

Con el sabor del amasado aún en las papilas y la barriga clamando por entullo y conduto menos onírico, Arure despertó. 

Estaba entre aturdida y extasiada, y no podía borrar la sonrisa nostálgica de su cara. Se incorporó y, por un instante, quiso volver a volar. Lo quiso cambiar todo por estar allí, en las islas. Su garganta comenzó a tararear; 

“Vamos, cantemos 

somos ocho sobre el mismo mar. 

Siente el latir de un solo pulso, 

llego Navidad” 

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