En estos días oigo sin cesar que llegan a Las Afortunadas pateras y cayucos cargados de nativos del vecino continente africano huyendo de sus países por las penurias que sufren.

Sobrecogida por estas noticias, me vienen a la mente imborrables recuerdos de mi tierra cuando sufrimos algo similar por culpa de las miserias que había en los años 40 y 50 del siglo XX, después de soportar dos guerras, una civil y otra mundial, más años de sequía.

En estas circunstancias, muchos, los menos pudientes, nos vimos obligados a abandonar nuestros paraísos particulares. Dejamos atrás familiares y amigos con la intención de regresar, lo que en la mayoría de los casos no fue posible.

Hoy, con 91 años rememoro mi vida. Fui una niña feliz. Mi primera infancia transcurrió en un pequeño rincón de la Isla del Meridiano. Después, un poquito mayor, me trasladé con mi madre a la isla Colombina.

Es imposible olvidarme de la decisión trascendental que tomé cuando era joven. Una fría madrugada del 9 de agosto de 1950 partí con familiares y vecinos de La Gomera hacia Venezuela en un velero de apenas 27 metros de eslora. Embarcamos apiñados 170 “cristianos” y esta servidora que, para esa fecha, contaba con apenas 22 años.

Viajé con la ilusión de poder reunirme y emprender una nueva vida con mi esposo, que me había antecedido en la aventura. Tendría que recorrer casi 6.000 kilómetros. En el sueño del reencuentro me imaginaba una travesía plácida, a pesar de que, cuando salimos, la embarcación estaba tan cargada que podíamos tocar el mar con la mano.

Tampoco se me olvidan los dos tremendos temporales que nos azotaron y que, a muchos si no, a todos, nos hizo pensar que nunca alcanzaríamos nuestro destino. Afortunadamente, llegó la calma lo que constituyó inmensa alegría para mí. Ese sentimiento grato que nos embarga cuando el ansiado y esperado deseo se cumple, ocurrió cuando alguien gritó ¡Tierra! Al avistar Martinica.

Nosotros, los viajeros de El Telémaco al fin, tras sufrir las inclemencias del tiempo y de la mar, llegamos a puerto un 16 de septiembre, después de 43 días de navegación.

Y llegó el anhelado momento. La nave enfiló hacia el muelle de La Guaira, en donde nos recibieron autoridades venezolanas y familiares. Los que viajaron de forma clandestina, fueron enviados a cárceles y campos de concentración hasta que su situación se solucionó.

Al pisar tierra tuvimos oportunidad de emprender una nueva vida de trabajo con la idea de alcanzar un bienestar que, quizás, en nuestras islas no hubiéramos conseguido, o quizá sí, una duda que siempre albergué. 

No es gratuita la emigración. Pero no lloremos por eso, pues, a pesar de que muchos no logramos acumular una fortuna que nos permitiera la vuelta a casa, nos llenamos de nuevos conocimientos y experiencias. 

Entre todos llevamos a las nuevas tierras nuestras costumbres y las mezclamos con las del lugar a donde llegamos para formar una nueva cultura o amasijo entre ambas. A la vez que aprendimos a degustar sus platos, les enseñamos a comer los nuestros. 

Yo, emigrante Teresa de apellido García, que he tenido una vida larga con éxitos y desengaños, entre mis recuerdos se encuentra en lugar preferente la Medalla Orden del Mérito Civil, en su grado de oficial, que me concedió en octubre de 2018 el Ministerio de Asuntos Exteriores de España por ser un claro ejemplo de lo que significa la experiencia de la emigración femenina como precursora en la lucha de las mujeres por la igualdad de género, un ejemplo de valerosidad al viajar en los años 50 sola en un velero con 170 hombres y emprender una nueva vida en un mundo totalmente desconocido para crear una familia de nuevos americanos con fuertes y fructíferas raíces isleñas. 

Confieso que escribí estas líneas desde los prados celestiales, en donde me reuní con mi esposo Antonio en octubre del año 2018. 

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