Al amanecer se encontró en un puertecito de canarias con maleta en mano despidiéndose de lo conocido, y emprendiendo un largo camino hacia lo desconocido, sabiendo que no había retorno,. Después de duras semanas en un barco donde se respiraba miedo, nostalgia pero también esperanzas de futuro, para el que se queda, al pensar que el que se va cubrirá sus necesidades, que a cusa de la guerra y escases son tantas, y para el que se va al pensar que con su sacrificio podrá ayudar al que se queda.

Al fin llego al país de futuro, que lo recibió con manos abiertas pero sin dejar de ser duro, pasaron así, días y meses caminando por esas calles del país de acogida con nostalgia de pasado y buscando su futuro, el cual con el tiempo encontró, pero la nostalgia no se rindió, seguía apretando su pecho..

Un día escucho un poema que su alma sobrecogió, era tanta la verdad que había en su prosa, que desde entonces cada 31 de diciembre se silenciaba la casa, sus hijos y su esposa detenían toda la festividad, solo para para oir aquel poema que su alma acogió como propio.

El poema de las uvas del tiempo del escritor Andrés Eloy Blanco que la radio nacional emitía cada 31 de diciembre, 10 minutos antes del año nuevo y cuando empezaba la trasmisión con la estrofa 

Madre: esta noche se nos muere un año. 

En esta ciudad grande, todos están de fiesta; 

zambombas, serenatas, gritos, ¡ah, cómo gritan!; 

claro, como todos tienen su madre cerca… 

se veía sus ojos humedecerse, pero nadie lo entendía en realidad, es qué el ser humano puede empatizar con el dolor de otro, pero solo reconoce ese dolor cuando lo vive.

Hoy desde la distancia, le digo a ese hombre al cual entendí pero no comprendí, hoy que me toco a mi emigrar y estar lejos de casa, llega a mi mente ese poema, que cada diciembre, para año nuevo paraba la celebración, hoy soy yo la que dice, cambiando algunas palabras y me perdone el poeta 

Padre, Madre: esta noche se nos muere un año. 

En esta ciudad grande, todos están de fiesta; 

zambombas, serenatas, gritos, ¡ah, cómo gritan!; 

claro, como todos tienen su madre y padre cerca… 

Y el beso familiar a medianoche: 

«La bendición, mi madre» 

«Que el Señor la proteja…» 

Y después, en el claro comedor, la familia 

congregada para la cena, 

con dos amigos íntimos, y tú, madre, a mi lado, 

y mi padre, algo triste, presidiendo la mesa. 

¡Madre, cómo son ácidas 

las uvas de la ausencia! 

Solo espero regresar para la noche vieja…

 

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