Mis pies pisan la suave arena de la playa, se hunden a cada pisada dejando por unos segundos mis huellas grabadas en ella. El sol acaricia toda mi piel mientras me saludan las dunas al verme pasar. Soy un viejo conocido de este parque natural, no puedo dejar de venir a Fuerteventura a llenarme de su infinita paz. En Las Dunas de Corralejo las playas se van sucediendo y mientras paseo, recuerdo que leí que este parque fue declarado Zona Especial de Aves. Hay muchísimas, desde lo alto me acompañan a cada paso que doy sintiendo en sus vuelos mi propia libertad. Me detengo unos instantes a escuchar los sonidos tan variados que me ofrecen en un concierto de timples solo para mí. El sonido de las cuerdas de ese instrumento me transporta a mi feliz infancia en casa de mis abuelos.

Hace tiempo llegó a mis oídos una leyenda procedente de los antiguos aborígenes canarios. Decía que las aves son algo más que bellos animales, que en realidad son ángeles de la guarda que nos ofrecen su ayuda y protección en esta vida.

Abro mis ojos, me he debido quedar dormido por el agotamiento acumulado durante los últimos días. Me doy cuenta de que siempre llevaré en mi alma a mi adorado archipiélago por mucha distancia que haya entre nosotros.

Las nubes que veo a través de la ventana las siento tan cerca que podría tocarlas con mis manos. Viajo sin acompañante hacia mi nuevo destino, el asiento de mi izquierda está vacío desde que despegué. Mis ojos se detienen un momento, han visto algo sobre mi regazo. Acerco mi mano para coger el objeto que han encontrado. Se trata de una pluma blanca. ¡Qué alegría!

Desconozco su origen pero algo me dice que ya no estoy solo, que alguien ha venido a hacerme compañía.

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