El avión despegó atestado de gente a las doce del mediodía. A las tres de la tarde María aterrizaba en el Aeropuerto de Barajas. Las señales del aeropuerto la guiaron hasta la cinta donde recogió las dos maletas que traía. En ellas cargaba tabaco, ropa y por supuesto gofio para el desayuno que le preparó su madre, triste porque su hija se iba a Madrid. No había prisa, pues tampoco conocía la ciudad y tardaría en llegar a su nuevo hogar. Tenía 22 años y cogió sola un tren directo que la llevaba hasta su piso compartido. Consciente de que al día siguiente tenía que dejarlo todo preparado para ir a estudiar, empezó a escuchar folías canarias en su lista de reproducción y se acordó más que nunca de su pueblo.

Valle de Guerra. Aquella noche Carmen se despedía del pueblo. Unos días atrás su madrina había tendido un trapo negro en la azotea de su casa para que ella fuese a buscar desde la suya una carta que había llegado de su marido, que vivía en Venezuela. Cuando la leyó, se dio cuenta de que era hora de ir a verlo a América. Una pandemia de gripe asiática alteró al médico de Carmen que, antes de irse, le recomendó que dejase de jugar a ser mujer cuando aún era una niña, pero ella le contestó “yo soy una mujer, tengo 20 años” y que sí que iba a coger ese barco desde el Puerto de Santa Cruz de Tenerife. El hermano pequeño de Carmen le lloraba a su hermana que se iba “a un lugar donde no hay cebollas, que tanto te gustan”.

A bordo del Castel Verde, sonaba “Adiós, mi España querida” como despedida aquel enero de 1957. El barco disponía de un camarote compartido para tres, que sería el hogar de Carmen durante quince días de travesía. En cama estuvo, con un temporal que abría los sacos repletos y hacía rodar las nueces y naranjas de sus compañeras, hasta que llegó a conocer por fin la “calma chicha” después de dos semanas. Venezuela. El marido de Carmen la esperaba en Caracas, donde alquilaba un apartamento compartido con la dueña. Durante la travesía en coche hasta el nuevo hogar, ella prestaba atención a una sola palabra: “cuadras” y se preguntaba dónde estarían tantos caballos y vacas de camino a casa, que ella no los veía.

Las calles estaban mojadas y la lluvia no cesaba de camino al aeropuerto. Para María, el tiempo en Tenerife pasaba muy rápido, pero después de un viaje de despedida a su abuelo enfermo tenía que volver para seguir sus estudios en Madrid. Estaba triste, pero a la vez contenta porque había conseguido llegar a tiempo para despedirse de él y, además, llevaba la harina de arepas que tanto ansiaba hacer. En Madrid no se conseguía fácilmente y, como siempre, necesitaba sentirse cerca de casa.

“Cuando salí de mi tierra, volví la cara llorando porque lo que más quería atrás me lo iba dejando”. Carmen le había dicho adiós para siempre a su padre y volvía a Venezuela de nuevo. En el barco, se acordaba de los días en los que iba caminando de Valle de Guerra al pueblo vecino para ir a coser. Le gustaba arreglarse e ir con un vestido bonito, tal y como iría después a las fiestas de vecinos isleños en San Antonio de los Altos. Allí bailaban pasodobles y así Carmen recordaba el archipiélago canario, lejano de ella desde hacía cinco años.

Cinco años lleva María en Madrid. El mundo ya se conecta fácilmente, la harina de arepas se encuentra por la capital, el acceso a las tradiciones está al alcance de la mano con Internet y por fin consigue sentirse en casa. La pandemia vivida en Madrid en el año 2020 le ha hecho pensar mucho en las condiciones de vida que tuvo que vivir su abuela durante la emigración.

Carmen coge el teléfono que suena en su casa. María la llama para que le cuente lo que sabe de paños negros tendidos en azoteas y de cartas mandadas entre continentes para saber en qué punto del puerto marino encontrarse. Quiere saber cuántas semanas pasaba el barco en el mar hasta llegar a la “calma chicha” y ella le cuenta que la madre de María nació en la Parroquia de la Candelaria en Caracas y que nunca sintió estar lejos de Canarias en su segunda patria porque aquello estaba repleto de canarios que necesitaban estar en Venezuela. Allá se llevaron su propia cultura, vivieron sus tradiciones y el sentimiento de cercanía con el archipiélago canario, tal y como hizo María cincuenta años después. Y las cebollas. Por teléfono, Carmen le cuenta a María que ya hay cebollas en todas partes.

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