A la llegada de la noche nos sentábamos en la sala de la casa mi familia y yo, en cómodos sillones, para realizar la tertulia en la cual, degustando una taza de café, comenzaba a fluir la cadena de anécdotas relativas a nuestros ancestros y entre ellas, de forma especial, las remembranzas ligadas a la abuela isleña: Cristina. En noches de tormenta no podía faltar en el desfile de evocaciones, la de una mujer cargando un niño en sus brazos y otros, caminando junto a ella por la orilla de la playa, así como la imagen de una gigantesca ola arrebatándola del acantilado, ante los ojos atónitos de los infantes, entre los cuales estaba Cristina.

No resulta difícil imaginar el espanto sufrido y cuánto la ausencia de la importante figura materna la conmovió que unos años más tarde ella y sus hermanos –excepto la mayor formaron parte de esa emigración erigida en rasgo clave de la historia económica y social de Canarias.

A su llegada al puerto de La Habana en el 1902, comenzó el peregrinaje por distintas partes del país, primero hasta Matanzas donde se casó y concibió al único hijo que la vida le prodigó, a pesar de sus deseos de fomentar una gran familia y de los múltiples tratamientos médicos realizados en pos de ello. Viuda y con el hijo al que dotó de las mejores costumbres traídas del terruño, se traslada a una zona de la actual provincia de Ciego de Ávila, para que este laborara en un central azucarero, que resulta desmantelado poco tiempo después de su arribo al lugar. Así sigue su trashumancia, ahora para otro central de la zona, donde vivió y murió, dejando en familiares y amigos tantas enseñanzas, así como la impronta de su sabiduría para enfrentar los avatares que la vida le impuso, lo que aún hoy nos acompaña en cada acto de nuestras vidas.

A pesar de su adustez y reciedumbre de carácter, su carácter franco y jaranero la rodeaba de muchos jóvenes a quienes contaba jácaras que provocaban sonoras carcajadas en su auditorio, por la picardía con que las hacía y su contenido adornado de graciosa malicia.

Era recurrente en ella su dualidad de fe: junto al misal, había vasos espirituales que celosamente vigilaba para detectar signos presenciales de elevados espíritus. También, cuando llegaban noticias del fallecimiento de algún familiar o allegado, se daba unos golpes en el pecho y salía para la calle diciéndose: ¡No debo llorar, si lo hago atraso su espíritu!

Su actitud ante los dolientes de un funeral era insólita: iba en las horas de la madrugada porque aducía era cuando más solos estaban.

Sus caldos de pescado a los cuales añadía gofio, las papas cocidas con cáscara, la salsa verde hecha a base de cilantro y sus ricos pucheros hacían la delicia de todos los pasantes, pues era en la cocina donde manifestaba verdaderamente un arte sin igual. Fue siempre tradición en la cena cubana de Nochebuena los buñuelos, pero en mi casa este postre era sustituido por un membrillo que ella elaboraba con orejones de higo, moldeado en cajitas de madera, exquisito.

La constatación expresa del carácter refranero de los isleños la tenía en mi abuela. Remataba cada hecho o situación con ese apotegma familiar como el de “más vale una vez roja que cien verde”.

Cuando la senilidad fue minando sus energías se le podía ver como adormilada con la cabeza sobre el pecho, señal inequívoca de una isquemia transitoria que la afectaba. También podía ser sorprendida esbozando una graciosa sonrisa, pues en su cerebro alucinado se representaba a dos niños que conversaban animadamente con ella.

En la bruma que envuelve la medianoche una silueta de mujer se perfila sosteniendo en un brazo una criatura y el otro extendido en ademán de invitación. Tras la cruenta agonía se produce la partida que sabe sin retorno. La niebla de la madrugada impide precisar su rumbo, pero desde allende los mares llegan rumores de que cuando en el amanecer las nubes se enseñorean en la cima del Teide, pueden escucharse voces infantiles que en festiva algarabía parecen multiplicarse: ¡ Cristina ¡ ¡ Cristina ¡ ¡ Cristina ¡

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