Aquí, en un ataque de valentía, tras la pantalla de un ordenador y la seguridad que me brinda los casi 4000 kilómetros que me separan de mi tierra, quiero confesarles algo;

“Me marea subir a El Teide”

Si, como lo leen, me mareo al subir a El Teide. Aun así, nunca dejé de subir cuando tenía oportunidad. Justo hoy, cuando me decidí a escribir este texto es cuando intento entender él porqué de tanta locura.

Quizás al subir con el mareo y el mar de altura, se me nublan los sentidos y me embotan la mente, olvidando cualquier sufrimiento. Aunque si soy sincero, dudo que sea esa la causa. Quizás Canarias tiene algo especial, no sé si su cielo fue pintado con una paleta de colores recién estrenada, con los colores intactos. O tal vez las Islas Canarias sean las niñas mimadas de el sol, y este, nos muestre siempre su cara más radiante y colorida. Pero una cosa es segura. En mis viajes, que no han sido ni pocos ni muchos, no he visto un cielo igual.

El llegar a la base, y reconocer el aroma, en verano a roca caliente junto a vegetación seca, y en invierno…

¿A qué huele El Teide en invierno?

El frío inunda mi nariz impidiendo distinguir el olor, pero si cierro los ojos y me concentro, puedo distinguir olor a leña quemada de los guachinches recién abiertos…

¡Qué ganas de una cuartita de vino y un plato carne fiesta!

No sé el motivo, pero este escrito me está haciendo recordar mi infancia. Recuerdo esas tardes de domingo cuando jugaba “ el Tete” y mi padre me llevaba al Heliodoro. El Tenerife no me importaba en realidad, solo quería que ganara para que mi padre me comprara un segundo corneto de vainilla, mientras él, en el bar La Meta se echaba “unas perras de Whisky” con los amigos mientras arreglaban el mundo y comentaban la actualidad deportiva.

Curioso como cuando nos hacemos mayores extrañamos esas cosas que odiábamos de niños, sin ir más lejos. Extraño despertarme por las mañanas de fin de semana o vacaciones y escuchar a mi madre cantando alguna letra de los Panchos, mientras limpiaba la casa. Sin olvidar el suspiro y la famosa frase “si yo me mando a mudar, aquí no limpia ni Dios”

También extraño, aunque no me crean, esas eternas esperas en el ambulatorio con mi madre, que susurrando me decía que me quejara más de lo que me dolía para que me mandaran urgente. Si todo iba bien, al salir me compraba una caja sorpresa, de esos que salía un fórmula uno por delante y una caja de cigarros de chocolate.

Extraño tantas cosas, el salitre pegado a los pies, los raspones en las rodillas en “el piche”, el fútbol en campos de tierra, los gritos de mi madre llamándome a comer…

Pero aunque parezca increíble, lo que más añoro, es marearme subiendo a El Teide.

 

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