No había nacido muy complaciente y la filosofía de la aldea solo había inculcado en él una culpa muy moderada. Su propia incredulidad frente a los prejuicios y vida establecida con un orden para mantener la supervivencia, le dejaba un regusto amargo, que le hizo darse cuenta que su lugar no estaba allí. Contemplaba el mar a lo lejos, al final del valle y su mirada siempre iba un poco más allá, con la esperanza de otros lugares para explorar, con otra óptica. Ese mar encrespado y bravo dentro de él no lo podía parar hasta que encontrase su lugar, ese sonido interno era una señal que le conducía como un faro hacia la búsqueda. Un ruido extraño llenaba las noches, cuando el trataba de encontrar respuestas a una infinidad de preguntas, acerca de lo que le rodeaba. Sus pensamientos se quedaban flotando en el aire como una nube.

Y llegó el día en que, de forma clandestina, Ubay que significa “el que renuncia a la humillación” -porque nació con un espíritu inquieto y comprometido-, se fue a otro país para intentar mejorar su situación, el destino preferido Venezuela, país rico y tierra de promisión. Zarpaban veleros fantasmas que se alejaban de las tierras canarias hasta desaparecer durante cuarenta días hasta alcanzar un nuevo país, después de una dura travesía donde sus sueños descansaban entre tablas y sacos. Venezuela termina por llamarse por los canarios la octava isla canaria por su acogida, en la década de los 50 fue su época dorada.

Canarias aportó a América hombres y recursos, y ayudaron a equilibrar las relaciones económico-sociales vigentes. Con hondas repercusiones no solo para el país donde arribaron sino para quienes se quedaron en la isla, ocasionando una transformación que como en una riada arrasa algo de lo que fue. Las penurias es un factor contundente para lanzarte a la búsqueda de una mejor vida, una válvula de escape hacia la otra orilla. A los años trágicos y de incertidumbre de la guerra civil española.

Allá se fueron muchos para encontrar una nueva promesa y aquí se quedaron otros sobre todo otras…. Otras mujeres con hijos comunes y marido exiliado. Se les llamaban las viudas blancas.

El único contacto posible eran alguna correspondencia por carta que arribaba en la aldea, una cada varios meses. Ellos le contaban cómo vivían allí, y la alegría de tener trabajo, aunque lo hicieran de sol a sol, condición de los emigrantes. Pasaban los años y la mayoría regresaron y pudieron ofrecer a su mujer y su prole una vida más digna en bienestar. Otros muchos se quedaron de por vida al otro lado del inmenso océano, sin la expectativa de volver. Ya que se sucedieron muchos días, muchas semanas y muchos años por aquellas tierras, y en ese largo tiempo construyeron una nueva familia con otros hijos y otra vida. Muchas viudas blancas se quedaron sin el regreso esperado de sus esposos. Dejando una prole sin la protección de un padre.

Estas viudas blancas avanzan por esta trama indefendible de sus vidas, hecha de soledades. De la misma forma, que nos sobrecoge la inmensidad de un cielo estrellado, en el silencio de la noche. O, cuando la prolongación del mar, se pierde en el horizonte, allí donde nuestra vista no alcanza, podría nacer la esperanza, de una huida posible. O, encontrarse, alguna vez, en alguna mirada de otros ser humano…acompañándolas.

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