Apoyado en su bastón, escudriña el horizonte forzando el contorno de sus ojos, lo que acentúa aun más las arrugas aradas por el sol; se inclina hacia adelante desafiando los doscientos metros de acantilado, mientras el cachorro negro, bien calado, protege su cabello de plata del alisio húmedo. Acaba de ponerse el sol y el majestuoso faro de la Entellada empieza a mandar sus señales, como queriendo comunicar con la otra orilla, como llamando a su tierra hermana: dos guiños continuos, una pausita y luego un tercero, para a los dieciocho segundos volver a empezar con esa eterna cadencia.

De repente Juan señala al horizonte, parece haber visto algo en aquellas nubes que en el infinito conectan el mar con el cielo, y aunque sabe que es imposible que se vislumbre la otra orilla, allí sigue asomado a pocos centímetros del vacío. No se ve tierra, es imposible, y aunque apenas cien kilómetros nos separan del África continental, la otra orilla es muy llana; pero ni esa distancia, ni la plana topografía, ni tan siquiera el tiempo que ha pasado, han borrado la imagen que sigue viva en sus sueños, y en su retina él sigue viendo algo allá en el horizonte: el Sahara, la provincia cincuenta y tres, su otro hogar. Una sensación extraña recorre a Juan, que entre la magua y la nostalgia se regocija en sus pensamientos.

Yo lo veo como un aborigen Majo, agarrando la vara del salto del pastor, en la cima de la Montaña de Tindaya, alineando sus pies con los podomorfos para orientarse en un cosmos mágico. Y es que Juan, al igual que los Majos de entonces buceaban por el firmamento posados en la cima de su montaña sagrada, busca en el Sahara su cosmovisión.

Sin dejar de apoyarse sobre su bastón, introduce su mano en el bolsillo izquierdo del que saca restos de una planta y me los muestra -con esto hacíamos gofio para poder tirar para delante -me indica antes de regresar su mirada a tierra firme. Me muestra unos restos vegetales que yo identifico como Mesembryanthemum nodiflorun, el cosco.

-Tuvimos que emigrar porque nuestra tierra majorera estaba muriendo de sed -me indica con lágrimas en los ojos. Y como tantos otros marcharon al desierto de enfrente, donde se engendran las dunas de Corralejo, donde la madre pare las arenas de sotavento y todo el jable majorero. Me cuenta también que la provincia del Sahara estaba formada por dos zonas, Río de Oro y As-Saquyya al-Hamra, o la Acequia Roja, y me explica la evolución de la palabra árabe a la española, cómo de as-saquia, se llega a asequia.

Él vivía en esta zona, en su capital El Ayún, en el barrio de Colominas para más señas, y tenía por vecinos a Rafael de Vallebrón, a Pepe de Lajares y a Jacinto, un canarión de Montaña Cardones de Arucas; allí todos éramos hermanos, nunca nos peleábamos como a veces hacemos aquí en las Islas. También me recuerda que en alguna ocasión tuvieron roces con los hermanos saharauis, que, demasiado enaltecidos por sus ansias de independencia, nos pedían que nos fuéramos del Sahara, pero eran casos excepcionales.

-Allí me sentía como en Fuerteventura, el paisaje seco, las cabritas, los baifos, la camella, y como no, la palmerita en la puerta -me sigue relatando a medida que se apaga el día.

Es la hora de volver pues ya no queda luz, Juan vuelve la mirada hacia el mar una vez más, recordando esta vez “el Correillo La Palma” que un día lo llevó hasta las playas africanas.

-Ahora son ellos los que vienen aquí en sus pateras en busca de El Dorado.

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