Era un día bastante extraño. De hecho, apenas recordaba cómo había empezado. Eso sí, una rítmica y pegadiza melodía no dejaba de retumbar en mi cabeza.

Hacía frío. Diciembre en Madrid era implacable y tenía hambre, así que, o mi jefe llegaba pronto a relevarme, o entre el frío que calaba mis huesos y el creciente rugir de mi estómago, iba a perder la cabeza.

En ese momento, como invocado por mis plegarias internas, se abrió la puerta de la pequeña librería y entró don Gustavo con aquellos andares lentos y pesados que le caracterizaban.

Aunque era un hombre de pocas palabras y de semblante riguroso, le tenía cariño. Me había contratado a pesar de mi nula experiencia, permitiéndome así continuar con mis estudios de posgrado. Si no fuera por él, probablemente hubiese abandonado hacía tiempo.

Ocho años. Una carrera y dos másteres me habían alejado de Tenerife y de los míos, aunque no había día que no irrumpiesen en mis pensamientos. Regresaría, tarde o temprano regresaría.

Me despedí a toda prisa y salí de la librería, reparando en unas palabras que don Gustavo profirió mientras se cerraba la puerta a mis espaldas, desconcertándome sobremanera.

“¿Abrígate, que hace Viruje?”, imposible. Debí haber entendido mal, don Gustavo era más madrileño que unos callos con chorizo. Fuera como fuese, me alejé sonriendo ante la simple posibilidad de que hubiese empleado aquella palabra tan canaria.

Recorrí las modernas calles del barrio de Malasaña tarareando de nuevo aquellos acordes que no conseguía reconocer, hasta que llegué a la taberna en la que solía almorzar.

Me senté en el rincón de siempre y le pedí a Ana, la campechana dueña, el menú del día:
– Y no, no quiero saber qué hay- añadí antes de que la risueña mujer me revelase la carta.
– Hola, mi niño. Hoy, te va a encantar- me dijo esbozando una tierna sonrisa maternal.

“¿Mi niño?” Otra expresión de mi tierra, los madrileños parecían haberse puesto de acuerdo.

Cuál fue mi sorpresa cuando Ana me sirvió un escaldón de gofio para combatir el frío y una viejita guisada con papitas negras arrugadas. No cabía en mí del asombro. Me brillaban los ojos de la perplejidad, aunque eso no impidió que devorase hasta la última migaja con voracidad.

Entre la felicidad y la saciedad llegó la tarde sin que advirtiese el paso de las horas. De pronto, me encontraba con unos amigos por El Retiro mientras el sol empezaba a caer por detrás de enormes edificios. Entonces sentí, como en tantas otras ocasiones, nostalgia. Echaba de menos el mar y ver salir y caer a Lorenzo a través del océano, como un animal marino que emerge cada día a coger aire y vuelve a zambullirse en el agua por la noche para descansar.

Mientras deambulábamos, advertí a un grupo de jóvenes que tocaba música en un lado del camino, sentados sobre… ¿arena negra? ¿En El Retiro? Agucé el oído y descubrí que las notas musicales transportadas por el aire eran rasgueadas por timples, tambores y chácaras. Si no lloré de emoción fue porque mis amigos se habían alejado, ajenos a lo que aquello despertaba en mí.

Poco después llegamos a La Puerta del Sol, donde la multitud se congregaba en torno a…aquello no podía ser verdad. Donde antes se erguía El Oso y El Madroño, había una escultura que reconocí sin lugar a duda. Imposible. Un Guanche de Piedra, el Mencey Beneharo podía apostar, erguido orgulloso en medio de la plaza. Ahogué un grito y todo a mi alrededor se nubló, desde la oscuridad que me envolvía solo distinguí aquella melodía dulce y suave. Cedí y dejé que me cubriese con su calor.

– Señores pasajeros, al habla el comandante. En diez minutos iniciaremos la maniobra de aproximación al aeropuerto Tenerife-Norte Los Rodeos…

Abrí los ojos, miré por la ventanilla y lo vi, eterno y majestuoso, rodeado por un mar de nubes, acariciando el firmamento: El Teide, dándome la bienvenida como un padre a un hijo. Una pequeña gota derivó en un torrente de lágrimas tras hurgar en el bolsillo de mi chaqueta y examinar el billete de avión que rezaba un único destino de ida, sin vueltas, aunque para mí sí fuera el de regreso. El regreso a casa.

 

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