En el año 1885, una familia de la que formaba parte mi bisabuelo José Hermenegildo Hernández Santos, radicada en la Isla Canaria de La Palma, Municipio Breña Alta, Barrio San Isidro (Las Breñas), cansada de la situación precaria que afrontaba y al calor de las tentadoras ofertas que se hacían por la Sociedad Protectora de Trabajo Español en las posesiones de Ultramar a los que quisieran probar suerte en otros destinos, decide emigrar hacia Cuba en una pequeña embarcación en calidad de polizontes, dentro de unos barriles de vino. La familia estaba constituida por su padre y 3 hermanos, los cuales desembarcaron en las costas de Pinar del Rio, la provincia más occidental de Cuba, estableciéndose en el municipio de Guane. Eran personas de casi nula instrucción, por lo cual el trabajo que pudieron desempeñar fue en la agricultura, en las vegas de tabaco, como tantos y tantos de los inmigrantes venidos del otro lado del Atlántico.

En pocos años algunos fallecen: su padre y un hermano, por un brote de tifus que azotó aquella zona. Más tarde, una vez constituidos sus núcleos familiares, los dos hermanos deciden emigrar hacia el oriente del país. La travesía transcurre por una carretera sin asfalto y en una carreta de bueyes en la que iban todos los componentes de sus respectivas familias.

Este peregrinaje duro varios meses, pues debían parar en diferentes puntos, a fin de garantizar alimento y descanso.

Finalmente, arriban a la provincia de Camagüey donde deciden comprar una finca llamada Providencia, en el actual municipio de Elia, en que se asentaron. Allí encuentra la familia la prosperidad, con enormes cuantías de ganado vacuno, sembradíos de caña de azúcar y frutales de todo tipo.

A pesar de esta mejoría económica, en sus ratos de descanso, echaban a volar su mente hacia su querida tierra natal, rememorando cantos, bailes y costumbres, como los festejos en las navidades y fin de año. Ya aquí, en su tierra de adopción, se reunía con toda la familia festejando las navidades y fin de año con abundante comida, bebidas y turrones de todo tipo, sin olvidar los dulces tradicionales canarios-cubanos.

Trabajaron arduamente en la finca con toda la familia hasta que cada hijo fue constituyendo la suya propia, quedando en la casa paterna mi bisabuelo solo, al fallecer en temprana edad su esposa, mi bisabuela, la cual era oriunda de Pinar del Rio.

Muchos años pasaron hasta su muerte (83 años) y jamás renunció a su ciudadanía española porque vivió muy orgulloso de ella, y debido a su viudez en años tempranos, acompañado además de una gran familia de hijos no pudo volver a su amada tierra natal en la que hoy el turismo embellece aquellas áreas infértiles de origen volcánico, de las cuales nunca imaginó su prosperidad

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