Conocí a un anciano isleño llamado Horacio; fue por 1998 y esa tarde él ya regresaba a Canarias. Llevaba sólo tres días de visita en mi pueblo, donde vivió como emigrante muchas décadas atrás. Mientras esperaba la guagua para La Habana, me contó su historia:

Corría el mes de febrero de 1950 y él, con sólo veinte años, había viajado a este país por motivos económicos. Al llegar, lo primero que hizo fue tomarse un café en el bar Las Brisas de un isleño como él, y se hospedó en un cercano hotel; al otro día, ya se instalaba en la finca donde estuvo laborando tres años en el tabaco, hasta que regresó a La Palma; de allí nunca más volvió a salir hasta ahora, cuando cumplía un viejo anhelo: visitar Cuba y llegarse hasta Cabaiguán. Así lo hizo y ya se marchaba, quizás para no regresar jamás.

“Sabía que todo sería diferente —contó—, pero tenía grandes esperanzas de encontrar a alguien de los míos; cuarenta y cinco años son casi medio siglo, pero muchos amigos y conocidos de entonces vivirían con mi misma edad. Hoy en día soy casi un anciano, pero tengo buena memoria. Lo primero que hice al llegar desde La Habana, fue mirar el Paseo, ¡tan largo, tan bonito!, por donde montones de veces caminé. Frente a mí, en una antigua biblioteca, estaba la Estación de Guaguas Nacionales. Caminé, sorprendido por los cambios que observaba en el poblado que me parecía una ciudad; anduve unos cien metros por una conocida calle, hasta llegar a mi conocido bar Las Brisas, para tomarme un café, como cuarenta y ocho años atrás. No pude, en su lugar encontré una tienda y cuando intenté hospedarme en el mismo hotel, sólo conseguí un turno para una guagua, pues ahora era estación para viajeros. Otro hotel sí seguía siendo hotel, aunque de su alrededor habían desaparecido casi todos los bares y comercios de antaño, excepto el de mi compatriota Teleforo Paz, que se encontraba donde mismo, pero transformado; él había muerto.

Luego de hospedarme, volví a recorrer los lugares que con tanto cariño recordaba; comencé por una antigua calle y no salía de sorpresa en sorpresa, pues donde estaba un comercio, había una heladería y en un viejo bar, una tienda de ropa; por su parte, al antiguo teatro lo habían convertido en oficinas.

Regresé a donde me hospedaba y me acosté a meditar. Todo estaba cambiado: la clínica era una biblioteca; el hotel Central, una peluquería y la casa de un conocido, una guardería; de contra, la gente que buscaba, los míos, no aparecían por ninguna parte.

Volví a caminar por el poblado, escudriñé los rostros, pero no reconocía a nadie. Sergio y Honorio debían estar por allí; y María… María, con seguridad se había casado y tendría hasta nietos como yo. En los años que estuve en Cuba ella era una bella muchacha, muy agradable y educada; nos enamoramos y tuvimos momentos de felicidad, pero mi urgencia por regresar a La Palma, por la enfermedad de mi madre, nos separó. En realidad no fuimos nunca novios, no me decidí a enamorarla, pero ya estaba a punto cuando se presentó lo de mi viaje; ella esperaba mi declaración de amor, me miraba de manera única. Eso acabó el día de la partida; no la vi, pero me dijeron que estaba llorando, con la esperanza de que yo me arrepintiera en el último momento… pero como bruto que soy, me fui y la dejé escapar.

Mientras pensaba, seguí caminando y reconocí la casa de mi médico, por lo que decidí saludarlo. Al llegar, una enfermera me explicó que se había marchado al extranjero y que el lugar era ahora un centro para la tercera edad. En efecto, varios ancianos como yo, descansaban en sillones. En medio de mi incredulidad, alguien tropezó conmigo. Era una señora envuelta en canas; ella iba a entrar al hogar y yo, de forma imprudente, estaba en el mismo medio de la puerta. Me disculpé, pero al mirar su cara sentí un fuerte escalofrío, ella también se sorprendió. ‘¡María!’, atiné a murmurar. Ella sólo dijo ‘¡Horacio!, volviste, pero ya es demasiado tarde, somos muy mayores, estuve esperándote durante tantos años y como no me casé, ni tuve familia, estoy en este lugar donde me atienden maravillosamente’.

Y con la misma, me dio la espalda y se alejó de mí, caminando lentamente, pero sin mirarme, y yo, como bruto que soy, la volví dejar escapar, como cuarenta y cinco años atrás.”

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