Cuando mi primo Josefo llegó de Canarias a vacacionar en nuestra casa en Cartagena, el choque cultural fue inevitable: lo primero que hizo fue llevarme a la playa y proponerme unas luchas y como él no hacía sino tratar de agarrarme como un idiota, le di un arañazo en el cuello, para que me soltara, y una patada en la nariz que le sacó borbotones de sangre y mocos, así que él me tumbó y me molió a patadones hasta que mi mamá nos separó y nos dijo que la Lucha Canaria no era así.

Al poco tiempo, cuando sus papás se murieron en un trágico accidente de tránsito, Josefo vino a vivir con nosotros ya que éramos su única familia, pero en ese entonces vivíamos en el centro del país, porque mis papás se habían separado y nuevamente no le gustó el cambio.

Todavía éramos muy niños y él todo el tiempo nos pedía jugar Bola Canaria. Le propuse jugar canicas un par de veces y siempre declinó mi oferta. Lo llevamos a los bolos y tampoco le gustó el asunto. Ningún lugar en Bogotá parecía suficientemente divertido para él y no sé si era por la amargura de haber perdido a sus padres o por la lejanía con su tierra.

El caso es que fue pasando el tiempo y crecimos ambos… bueno, Josefo un poco más que yo y ahora que él es mayor de edad ha decidido volver a Canarias y como siempre nos ha hablado de lo maravilloso que es el lugar y le ha ido tan bien en su regreso, ahora soy yo quien va a vacacionar estas fiestas en la casa de Josefo, quien dice que es muy, muy feliz y no para con eso de vivir invitándome. Quizás me quede más tiempo del que él espera allí en su casa… quién sabe. Ahora somos buenos amigos y voy a tomarme estas fiestas y puede que me encapriche con hacer una nueva vida en la tierra de nuestros ancestros.

Votar Relato