Era enorme. Al repartidor de UPS le brillaban perlas de sudor por la cara al hacerle entrega de aquella caja que venía directa desde España, concretamente desde Güímar, en Tenerife.

De allí eran los abuelos de Idaira, quien aún atónita y confusa permanecía frente a la caja en el rellano de su pequeño piso compartido en Cromwell Road.

Comprobar el remitente le arrancó una sonrisa: Carmen. Quién si no. Su abuela. La echaba tanto de menos, y más ahora, después de lo sucedido.

Tan solo hacía cuatro días que Idaira había recibido la terrible noticia del fallecimiento de su abuelo por culpa de aquel virus mortífero que había colapsado el planeta y que además le había impedido hasta coger un avión para despedirse de él.

“¿Habría preparado la caja cuando el abuelo aún vivía? ¿Habría participado él en la sorpresa? No, eso seguro que no”, dedujo. Solo pensar en ello le provocó un dolor desgarrador. Le atormentaba saber que antes de su muerte ya llevaba dos años sin hablarse con él.

Su abuelo, Basilio, no había aceptado que Idaira decidiese marcharse fuera de España tras recibir una importante beca de investigación en Cambridge. Idaira todavía recordaba con amargura el día que cogió aquel avión. Lo que más le afligió no fue marcharse, sino la ausencia de su abuelo en el aeropuerto, “no se encontraba bien, pero me dijo que te deseaba lo mejor”, fue el vacilante mensaje que la abuela le transmitió a Idaira.

Desechó aquellos tristes recuerdos y decidió abrir la caja de una vez por todas.

No pudo reprimir una sonora carcajada cuando vio lo que había en su interior. Cuatro paquetes de gofio y un saquito de papas negras ocupaban la mitad del espacio. También había una selección de cuñas de queso envasadas al vacío: majorero, palmero… “Esta mujer se volvió loca”, pensó Idaira, conmovida y entusiasmada. Galletas gomeras, postales de Navidad, un gorro y unos guantes de lana, una foto de sus abuelos… ¡Hasta una manta esperancera que cubría toda la base de la caja!

Cuando tiró de la manta, descubrió que de su interior, como si hubieran estado ocultos, caían al suelo un sobre y un pequeño cofre de madera. Desconcertada, abrió el pequeño cofre y sacó una especie de caracola blanca con motas ambarinas. Era preciosa. Seguidamente, abrió el sobre y extrajo una carta escrita a mano con una caligrafía hermosa, aunque de trazos temblorosos.

“Querida Idaira:

Tu abuela no sabe que he escrito esta carta, voy a intentar esconderla en ese “fisco” caja. Sí, yo también pienso que se le fue el baifo, ella se cree que estás en un búnker pa allá pa el Polo Norte o yo que sé, más novelera…

En fin, quiero pedirte perdón. Tu abuelo es un zurrón que nunca ha sabido reconocer sus errores y sufre en silencio cuando mete la pata.

Mi padre emigró a Venezuela cuando yo era un chiquillo. Se fue con la promesa de volver en menos de un año. Tu bisabuela y yo esperamos con la ilusión de verlo entrar un día por la puerta de casa pa dentro sin avisar. Sufrimos cuando las cartas, al principio frecuentes, dejaron de llegar. De repente, no volvimos a saber nada de él. Las malas lenguas decían que se había enchochado de otra y que había rehecho su vida allí, olvidándose de nosotros.

Pasó tiempo hasta que por fin, a través de un conocido, nos enteramos de que a mi padre se lo habían llevado unas fiebres. Nunca nos abandonó, pero no tuvo tiempo ni de decirnos adiós.

Cuando supe que te ibas, reviví aquel dolor. No soporté la idea de que te marcharas, tú, mi nieta querida, mi cachito de cielo. Ahora sé que me equivocaba. Junto a la carta te mando el único recuerdo que conservo de mi padre. Es un bucio. El día que embarcó me lo dio y me dijo que lo utilizara cuando lo echara de menos, que él me oiría al otro lado del mar. Quiero que lo tengas, que lo guardes, que me perdones. Sácalo cuando te acuerdes de mí, porque, aunque no te vea el jocico, siempre voy a estar contigo, siempre te querré. Adiós, mi pequeña”.

Cuando terminó de leer, temblando, Idaira dobló la carta, alzó el bucio, miró al cielo y lo hizo sonar. Sonrío mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas, “Adiós, abuelo”.

 

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