La veía entre la bruma del alba, difusa y lejana, como una vaga promesa de sus más profundos anhelos. Nadie quería llevarlo hasta ella porque nadie más la veía, y era demasiado joven para tener su propia embarcación. Se esforzaba inútilmente en convencer a su familia y a los pescadores de que había una isla inexplorada allí donde se ponía el sol, y estaba convencido de que se trataba del mismo lugar del que su abuelo le había hablado antes de morir. Recordaba cada palabra de las fascinantes historias que le contaba sobre una remota y maravillosa tierra donde abundaban los frutos exóticos, las aves de colores y las piedras preciosas, las rocas eran esponjosas y livianas y se podía vivir en eterna dicha y juventud sin miedo al dolor ni la enfermedad. Inalcanzable para la maldad y la codicia de los hombres, solo podían verla los puros de corazón. Recordaba también sus advertencias para que nunca fuera en su busca, pues ningún edén terrenal podría sobrevivir a la conquista humana. No se debía visitar un lugar del que no llegaban visitas, decía.

A nadie más le interesaban aquellas historias ni las visiones de un niño. Tenían todo lo que necesitaban en su pequeña y tranquila isla, donde vivían en paz y armonía. Se dedicaban al cultivo de gofio y millo en las fértiles tierras volcánicas, al pastoreo de cabras y a comerciar con los otros isleños del archipiélago, y ninguno estaba dispuesto a jugarse la vida para buscar riquezas imaginarias en un isla misteriosa que nadie salvo él podía ver.

Al dejar atrás la infancia dejó de hablar de ella para que no lo tomaran por loco, y a medida que se iba haciendo un hombre la veía cada vez más distante y diminuta, hasta que una mañana de verano desapareció por completo. Ese mismo día arribó al puerto una expedición de tres carabelas con el estandarte real, comandada por un almirante de mirada abstraída que parecía poseído por una obsesión perturbadora. Necesitaban provisiones y marineros intrépidos para seguir navegando hacia el oeste, más allá del horizonte y de la cordura, asegurando que llegarían a una tierra llena de riquezas donde cada hombre vería cumplidos sus más ambiciosos sueños.

Él no había pisado jamás un barco ni podía compararse con los curtidos y rudos navegantes que nada tenían que perder en aquel viaje a lo desconocido, pero era su oportunidad para demostrarles a todos que no estaba loco y que en medio del mar existía un paraíso reservado a los más audaces entre los valientes. Desoyendo las súplicas de su familia, las advertencias de los pescadores y los llantos de su prometida, se enroló en la tripulación y se hicieron a la mar empujados por los vientos alisios.

La vida a bordo de la nave era una pesadilla. La falta de espacio, la escasez de agua y víveres, las enfermedades y la amenaza de motines ponían continuamente a prueba la resistencia de grumetes, marineros y contramaestres, pero él no dejaba de otear el horizonte buscando la visión que le había cautivado desde niño. Lo único que compartía con el resto de la tripulación era la invariable imagen de olas y cielo infinito que les rodeaba, pero a diferencia de los demás estaba convencido de que en alguna parte de la inmensidad azul aguardaba la isla errante. Y cuando vio al almirante erguido junto al timón con la mirada fija en lontananza, supo que también él la había visto, y que tarde o temprano acabarían alcanzándola.

Desde la impenetrable espesura de la jungla salió una flecha envenenada que se le clavó entre los ojos, pero su último pensamiento no fue encomendarse a Dios para que le abriera las puertas del Cielo, pues el único sueño que había sobrevivido al infierno del viaje y al descubrimiento del paraíso era regresar al otro paraíso que había abandonado en su pequeña y lejana isla natal.

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