Relatar, quien dice relatar, en eso mi abuela Juana tenía el uno. Ella era isleña de El Paso, en La Palma y sus restos descansan aquí en Cuba, su segunda patria. Llegó de jovencita a Cabaiguán en el centro del país, creció, trabajó duro como todos los emigrantes, se casó, formó una familia… en fin, echó raíces y pasó toda su vida, que no fue corta, alternando maguas, tristezas y alegrías. Entre tantas historias de tradiciones isleñas en este país, como la de la emigración misma, ella tenía una preferida: la de la madre y sus dos hijos.

Contaba, que una señora llamada María, viajó con su hermano hasta aquí, para un asunto personal y que estando en La Habana, este falleció repentinamente y quedó sola; entonces, mandó a buscar a su esposo con los dos hijos pequeños y ellos se embarcaron rumbo a La Habana en el que sería el último viaje del vapor “Valbanera”, ese que naufragó de manera misteriosa en 1919 y en cuyo desastre no hubo sobrevivientes. Bueno… en esa ocasión se salvaron sólo los pasajeros que descendieron en Santiago de Cuba por diferentes razones; eso fue así. Después, el barco siguió rumbo a La Habana y un enorme huracán lo hundió.

Como la señora María estaba en la capital, allí los esperó y cuando supo lo del naufragio, casi se muere de sufrimiento; no enloqueció sólo gracias a un milagro de Dios.

Con el paso del tiempo, casi destruida por el dolor, vagó por las calles de La Habana; durmió en portales, se alimentó de sobras, mendigó, sufrió enfermedades y trabajó en lo que pudo para sobrevivir, hasta que se resignó a su desgracia y aceptó terminar sus días cuando el Señor lo decidiera. Ya anciana, sin familia, ni interés por la vida, se dedicó a pedir limosna en la parte antigua de la ciudad; su imagen casi fantasmal, caminando por las estrechas calles habaneras, se convirtió en una sombra cotidiana para los habitantes del lugar.

Pero la verdad ella no la conocía. Cuando el “Valbanera” tocó por última vez tierra en Santiago, su esposo y sus dos pequeños se bajaron allí por equivocación; creyeron que era La Habana y sin querer, se les había ido el barco; ignoraban el triste destino que les esperaba.

Entonces, ese isleño que era analfabeto, no encontró la manera de comunicarse con su esposa en la lejana Habana y fue buscándose la vida en Oriente y el sustento de sus pequeños, hasta que murió tempranamente; pero sus hijos, fueron educados por una familia canaria y ya mayores, alcanzaron oficios y una buena posición económica, pero sin lograr nunca localizar a su madre, a la que presumían también fallecida.

En una ocasión, varias décadas después de su llegada a Cuba, en que viajaron a La Habana por asuntos de negocios, uno de ellos, mientras conversaba con su hermano, se estaba lustrando los zapatos en un sillón de limpiabotas cerca del Capitolio; por esas cosas que tiene la vida, cuando estaban en eso, se les acercó una anciana pordiosera pidiéndoles limosna y al escuchar que uno llamaba al otro “hermano”, para que le diera unas monedas, les comentó que ella también había tenido dos hijos varones, pero que habían muerto, junto a su esposo, en el naufragio del “Valbanera”. La sorpresa de los dos hombres fue enorme; entonces, uno le dijo que ellos también habían sido pasajeros de ese último viaje. Cuando preguntaron más detalles, comprendieron, pasmados, que aquella señora que mendigaba, era nada más y nada menos que la madre que nunca habían podido encontrar.

Ellos sintieron temor de dañarla si le decían, de pronto, la verdad; la veían muy débil y enferma. Entonces, para no afectarle la salud con una fuerte emoción, sólo le dijeron que la tomarían a su cargo, porque habían perdido a su madre.

Contaba abuela —esa isleña que en relatar historias y tradiciones canarias tenía el uno— que con el paso del tiempo, el cariño, las bondades y los cuidados que le brindaron, la anciana se recuperó; después, en un ambiente de confianza y familiaridad, le fueron contando poco a poco la verdad y todo tuvo un final feliz. María falleció muy anciana, en el hogar de uno de sus hijos y rodeada de gran cantidad de nietos.

Esa era la historia preferida de mi abuelita Juana y no se cansaba de repetirla; ¡debo haberla escuchado de su boca más de cien veces!

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