Hay dos hombres hablando junto a uno de los mostradores de facturación, el más alto lleva una trinchera de cuero, como si fuera un oficial de la Gestapo o un detective de una novela muy negra. Está diciendo que el destino de un avión es lo de menos, lo importante es que a tu lado también viaje una botella de ginebra. El otro, que ni siquiera lleva sombrero, añade que no le gustan los vuelos nocturnos. El viejo no puede evitar escucharlos, es posible que solo sean dos hombres que tienen frio, uno no ha podido encontrar en el armario nada especial que ponerse y el otro ha pasado por una tienda de disfraces y ha cogido prestadas una gabardina y una frase. Lo único seguro es que tiempo atrás al él también le daba miedo despertarse en medio de la noche, lejos de casa, sin sustancias ni personas que supieran hacer bien su trabajo. Últimamente le asusta más no llegar a hacerlo. Se encoge de hombros, puede ver su imagen reflejada en una cristalera, lo ha hecho muy bien, sin tener que detenerse o bajar el ritmo de sus pasos, como si los hombros tuvieran vida propia. Continua en dirección a la galería comercial y entra en la tienda de prensa, una de las pocas que permanecen abiertas a esas horas.

Es pequeña, decorada en un tono verde pálido, como si para hacerlo hubieran usado una mezcla de acuarelas y desilusión. Se acerca a un mueble donde almacenan libros de saldo como si fueran peras en un barreño. Una chica se dirige a la encargada y le pregunta por un volumen de relatos por si le toca esperar en el lugar al que vaya. La mujer le ofrece el que tiene más a mano, la banda publicitaria asegura que ese, en concreto, esconde una isla en cada página y en cada isla un naufragio. La chica pregunta si por el mismo precio no hay otro con más páginas; sobre islas y naufragios no añade nada nuevo. La vendedora niega con la cabeza, la chica lo deja sobre el mostrador y sale de la tienda. El viejo permanece observándola hasta que llega un momento en que podría cogerla entre los dedos, se encoge de hombros y suspira; el aeropuerto se está quedando sin un público que merezca ese nombre. Continúa con lo suyo, revolviendo entre los libros, hasta que se detiene, una portada acaba de llamar su atención, el título está en castellano: A la mar fui por naranjas, de un tal García Cabrera. Le da la vuelta para leer la contraportada. Sonríe, los poemas no son lo suyo, pero este sí que esconde una isla en cada página, el autor es de la Gomera. Además solo vale dos euros, se lo lleva para el mostrador.

Regresa al vestíbulo y se sienta en uno de los bancos, frente a dos ancianas. Están comiendo pipas, las cogen de un paquete de tamaño familiar y guardan las cáscaras en los bolsillos de las chaquetas. Una de ellas, de repente, deja de comer y le dice a la otra que si algún día no la encuentra en su casa la busque en una iglesia.

─¿Si no estás en la iglesia?

─Entonces búscame en el bingo más cercano.

Las dos se ríen en voz alta. Lo hacen muy bien para ser tan mayores. Enseñando los dientes postizos y cerrando los ojos. Como si estuvieran haciendo de ganchos en un programa de chistes o ensayando para que las escuchen en Alaska. Un hombre que carga con un maletín de guitarra se sienta junto a las comedoras de pipas. Resopla, como si la vida le fuera en ello, coge el estuche y lo coloca sobre sus rodillas. Lo hace con cuidado, casi con delicadeza, como si la vida que estuviese en juego ahora fuese la de la guitarra. Entra un grupo de unas diez personas, turistas, por el acento y la forma de vestir, seguramente americanos. Afuera esta amaneciendo, el cielo es una mezcla de grises, malvas y naranjas extendiéndose por el aeropuerto de Stuttgart. El viejo abre su libro y comienza a leer: A la mar fui por naranjas, cosa que la mar no tiene. Metí la mano en el agua, la esperanza me mantiene. Vuelve a cerrarlo y sonríe, el jodido poema es una copla, y la copla una isa.

Uno de estos días él también cojera un avión de regreso a casa.

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