La historia nos depara sorpresas. Mi abuelo Cuco es un pichón de isleño que sabe cuentos a montón. Me dijo en una ocasión, que un coterráneo de su padre, llamado Antonio Martín Capote, nacido en Los Llanos de Aridane en La Palma, le relató que en la zona rural de Santa Lucía, aquí en Cabaiguán, desde principios del siglo XX, los isleños y sus familias, realizaban innumerables festividades. Entre estas estaban el Patronato o Fiesta de San José, el 19 de marzo, cuando finalizaba la cosecha tabacalera; el enrrame de la Cruz el 3 de mayo; y los bailes o luchadas en Santa Rosa. También, abuelo mencionó una que me llamó mucho la atención: los Caballos Fufos; esta la promovieron dos palmeros emigrantes de Tazacorte, en un paraje rural conocido como Arroyo Verraco y la misma consistía en disfrazarse de caballos, pero de sólo dos patas. Ellos se llamaban Julián Pérez Pérez, conocido por Julián, el de Eustaquio, porque así se nombraba su padre, y Antonio Manuel Rodríguez Camacho, alias Piquito; habían venido en 1907, en el Valbanera, el mismo barco que desapareció en medio de un ciclón, como doce años después.

Fue de esa manera en que aparecieron en esas fiestas, los llamados Caballos Fufos, que consistían en imitaciones de esos animales, por parte de hombres que se colocaban cabezas artificiales de tales equinos; la novedad consistía, en que en la parte inferior se mantenían con sus propias piernas, que eran escondidas con flecos, tiras de tela o cualquier otro material apropiado; cuentan que en ocasiones, le colgaban falsas patas delanteras en el nacimiento de sus brazos, que se movían al ritmo de sus bailes, pero que en otras, no las usaban. Los caballos se confeccionaban con madera, papel y tela y se pintaban con colores muy llamativos, se movían al ritmo de una pegajosa música y arrastraban tras de sí a una masa humana festiva.

Según ellos mismos contaron, en el transcurso de una partida de barajas y a la vista de un naipe, que no representaba un caballo natural de cuatro patas sino un caballo fingido con piernas de caballero, a Julián se le ocurrió hacer uno con materiales muy económicos, sencillos y asequibles. Lo del nombre de fufos nadie me lo ha explicado aún.

Años después, en 1910, cuando ambos isleños regresaron a su pueblo natal en La Palma, introdujeron los Caballos Fufos en las fiestas carnavalescas y patronales del lugar, paseándose por las calles de Tazacorte con sus originales disfraces, en medio de la música y fuegos artificiales; esta tradición ha llegado hasta los días de hoy, e incluso, se practica también en el vecino pueblo de Fuencaliente.

Como el tema despertó mi interés, supe que en el año 2009, las autoridades de ese municipio palmero, propusieron crear el Premio Anual Distinguidos de Tazacorte y en las Fiestas Patronales de San Miguel de Arcángel, el 28 de septiembre del próximo año, concederlo públicamente a los Caballos Fufos de Julián el de Eustaquio, con motivo de su centenario; reconocían así, que esa tradición ya formaba parte de su propia identidad como pueblo —identidad cubano-canaria también diría yo. La propuesta fue aceptada y cumplida en el año 2010. La historia, además de sorpresas, también nos brinda enseñanzas y es que Canarias y Cuba son dos pueblos unidos por múltiples lazos, entre ellos los culturales.

¿Y Julián? Terminó sus días pasada la primera mitad del siglo XX, en su amado Tazacorte, lleno del cariño y reconocimiento de sus compatriotas.

¿Y Cabaiguán? Conserva, rescata y divulga las tradiciones y la cultura de sus ancestros isleños. ¡Por algo le llaman la Capital Canaria de Cuba!

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