—Abuelito, ¿Que hacías en tu tiempo libre cuando eras un niño como yo?
—Hacia muchas cosas mi niño, por las tardes me daban permiso para ir a la plaza a jugar con mis amigos, algunos días jugábamos al escondite, otros al trompo, pero lo que más nos gustaba era echar unas partidas de boliches.
—¿Que son los boliches?
—Es un juego tradicional de las islas Canarias, aquí en Venezuela se llaman metras, ¿sabes lo que es?
—No, nuca he jugado a eso.
—¡Claro! Tu solo conoces los juegos del teléfono y de la play esa o como se llame.
—¿Y que más hacías?
—Recuerdo que los fines de semana teníamos la tradición de subir hasta el Teide a dar un paseo familiar, poníamos rumbo desde Icod de los Vinos —el pueblo donde nací— hasta la Esperanza, en el coche de mi padre, un Austin A4 fariña color verde esmeralda, que había comprado de segunda mano con los ahorros de su trabajo como ebanista.
—¿Ebanista? ¿Qué es eso abuelo?
—Son las personas que hacen muebles y diseños con maderas finas y de buena calidad.
—¡Ah! ¿Y te gustaba ir de paseo?
—Si, recuerdo que algunos días pasábamos más frio en la montaña ya que siempre vestíamos con camisa, chaleco, pantalones cortos de tela fina y unas medias de lana gruesa de color blanco tejidas por mi madre «nos llegaban hasta las rodillas».
Un día mis padres nos dijeron que nos tenían una sorpresa. Mis dos hermanos y yo saltamos de emoción, a media tarde nos subimos al coche, tomamos la carretera general y cuando llegamos a la altura de la Laguna —una ciudad de la isla— mi padre en vez de tomar el desvió hacia el Teide, cogió rumbo al centro de la ciudad, aparcamos y fuimos caminando hasta una casa muy grande, esa casa era un cine que se llamaba Coliseum, nos llevaron a ver la película de dibujos animados 101 Dálmatas.
—¡Que chévere! ¿Y te gusto?
—Si, ¡Nunca lo olvidare! fue nuestra primera película en el cine, recuerdo que las entradas costaron unas 15 pesetas de la época por cada uno. —eso era mucho dinero, decía mi padre.
—¿Que son las pesetas?
—Las pesetas era con lo que se pagaba antes en España.
—¿Y que más hacías abuelito?
—Algunos domingos íbamos a misa en Santa Cruz, —la capital— y después pasábamos por el cementerio a llevarles flores a mis abuelos, mi madre siempre decía «tenemos que rezarles y pedirles mucha salud, porque lo poco que tenemos ha sido gracias a ellos».
—¿Conociste a tus abuelos?
—No, no tuve la suerte que tienes tu.
—¿Te gustaría volver a las islas Canarias?
—Si, algún día me gustaría volver, aunque siempre las llevo en mi corazón.
—¿Me llevarías a mí?
—Por supuesto que si te llevaría, me gustaría que conocieras más sobre tus raíces, las tradiciones y la cultura de mi tierra.
—¿Que sería lo primero que harías allá?
—Iría al cementerio a despedirme de mis padres ya que no tuve la oportunidad de hacerlo en vida.
—¿Por qué lloras abuelito?
—Porque los recuerdo siempre y las raíces nunca se olvidan.
—Te quiero mucho abuelito.
—Y yo a ti también.

 

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