Como soy criatura de Isla, acontéceme que pienso mucho en ellas.
Dulce M. Loynaz.en un Verano en Tenerife.

El Atlántico profundo circunda el Archipiélago y en él reposan las recónditas islas envueltas en las nieblas de mitos y leyendas. Una isla es siempre un misterio, imaginen todo un ramillete. Populoso cruce de caminos marinos; anheladas por todos, muy cercanas al África bereber o el País de los Dátiles; suelos volcánicos y escasa agua. En casi todas grandes cumbres con laderas de exagerada pendiente. Costas acantiladas con profundos barrancos. Buscadas como Atlántida por lunáticos o sabios, y piratas; esa mezcla de cartógrafos, astrólogos y mareantes; modeladas por los vientos, las cumbres, y gentes de todos los confines. Nacieron hombres recios, laboriosos y emprendedores. Y el mar, siempre el mar. Un mar no manso, que recuerda el Golfo mejicano en tiempo de ciclón, pero más verdoso.

Cuando el Atlántico cambia de carácter, y su temperatura es más amable, matizada por la corriente del Golfo, se vuelve Caribe. Cuando el Atlántico es Caribe, siente la proximidad de sus hembras, Antillas Mayores y Menores. Entre todas, la Perla Mayor es su predilecta. Las costas son acogedoras, tibias, y de un azul más claro y transparente. Hasta sus aguas llegan los humores y zumos de la tierra jugosa. De sus gentes, pasadas y presentes: sudores, sangre, huesos, inquietudes y anhelos. De ese trasvase humano entre los Archipiélagos ha quedado latiendo la rara esencia humana que perfuma el ambiente con olores tenaces como el tabaco verde, el dulce del guarapo; el gofio mañanero. A punta de machete desbrozaron villorrios, villas, pueblos. Llegaron colonos, el campesino más valiente, con su aura mística del camello y las cabras. Tan profunda la huella que quedó en el lenguaje; ese suave español que compartimos; y a todos los presentes dibujó en el Espejo. Siguiendo por los ríos nacieron los vegueros y el guajiro cubano bruñido en el jaleo. Mixtura saturada por el calor profundo del sol americano. El color del paisaje fue de todos a un tiempo, y lo dejó Sanz Carta en las malangas frescas y el alma cubana en los paisajes. Y juntos le cantaron en palabras letradas.

Este mar que nos une conserva los recuerdos. Penetrar en sus ondas es bañarse de anhelos. Continuar tras los pasos de esos isleños tercos. Es irse sin marcharse. La playa de mi costa es de una arena dulce. Mi Isla, tu Isla, guarda nuestro equipaje. Este mar que nos une, cuando el Caribe vuelve a ser Atlántico, lleva hasta tu distancia todo nuestro linaje.

Votar Relato