No me asusta ni me pesa estar al final de mis días. Mi vida ha sido larga e intensa, en la que se alternaron dolorosos y felices eventos, así como sorprendentes vivencias de todo tipo. He trabajado y derrochado esfuerzos y he asumido riesgos que a menudo se han visto abundantemente recompensados con innumerables alegrías y venturas.

 Mi tesoro más preciado a estas alturas son mis recuerdos.

Las olas chocan contra el barco con ferocidad y lo zarandean a su antojo. Atrapado estoy en el seno de la inmensidad del océano, compartiendo suertes con este viejo barco que cada vez que una gran ola se estrella contra él se ladea peligrosamente y se escuchan los entrecortados lamentos de todos sus hierros como si lucharan por separarse.

El ventanuco de mi camarote está a la misma altura del mar, y las olas al chocar amenazan con romper el cristal que parece compartir mi pánico ante el temor de que consigan penetrar e inundarlo todo, arrastrándonos inexorablemente hacia el fondo de las negras profundidades marinas…

Casi pierdo el equilibrio cuando el barco se inclina y me agarro con desesperación a lo primero que encuentro, creyendo vanamente que así me salvaré de un destino que podría ser inevitable. Escucho que hablan por los altavoces, pero no se entiende bien… creo que dicen que ya sólo nos quedan diez días para llegar a América.

Ahora más que nunca añoro mi soleada tierra canaria, mis preciosas playas de los Cristianos y las excursiones al Teide. De niño escuchaba las historias de cuando Cristóbal Colón con gran valentía inició un 6 de septiembre la aventura que cambiaría el mundo, adentrándose en aquel mar tan inmenso como desconocido en busca de una ruta más directa para llegar a las indias. Estamos en los albores de los años 20, y hace pocas semanas he dejado atrás mi bella tierra canaria, y mi último recuerdo es el de ver a mi madre de pie luchando contra el viento junto al muelle donde ha acudido para despedirme…, con ese rostro tan querido bañado en lágrimas, tras entregarme las veinticinco pesetas que eran todos sus ahorros y que a partir de ahora, a mis diecinueve años, será de momento mi único sostén.

La tormenta que parecía eterna terminó por amainar y transcurridas largas y angustiosas semanas de trayecto, una mañana muy temprano escucho voces de emoción entre los pasajeros y algunos repiten la frase que siglos atrás lanzó a los vientos Rodrigo de Triana …: “¡Tierra a la vista!”.

Parecía un encantamiento cuando desde cubierta pude contemplar al alcance de la mano la soberbia estructura de aquellos castillos del Morro y de la Cabaña que en tiempos pasados alejaron a los piratas, mientras el barco Infanta Isabel de Borbón se deslizaba victorioso en la profunda bahía de La Habana, cuyos brazos en forma de flor de lis tributaban al cansado viajero una hermosa señal de acogida.

Me esperaban en la hermosa isla de Cuba, “la tierra más fermosa que ojos humanos han visto” como la describió Colón, años de grandes ilusiones y también de desengaños, de innumerables vivencias y aventuras que me habría gustado contar con más detalle.

Allí conocí a Silvia, una linda cubanita de la ciudad de Matanzas, hija de emigrantes canarios, que ha sido desde entonces el gran amor de mi vida y la madre de mis dos hijos.

No dejaba nunca de sentir nostalgia por mi tierra, de saborear aquellas deliciosas papas arrugadas con mojo, el sancocho, el queso asado y el conejo en salmorejo, de modo que tras muchos años de ahorrar, a principios de los 50 pude cumplir mi sueño de hacer un gran viaje a Tenerife, junto con Silvia y los dos niños, para ver a mi madre y para que esa gran mujer pudiera abrazar a sus dos nietos, un evento que iluminó los últimos meses de su vida.

En estas horas que sin duda serán las últimas de mi existencia, mi pensamiento una vez más vuela hacia esa tierra tan querida donde nací, que el mundo entero reconoce como las islas afortunadas, y en mi mente resuena el eco del poema del gran maestro Goethe:

“Sólo quien conoce la nostalgia sabe lo que yo sufro.”

Votar Relato