Soy amo de mi propia tierra.

Pienso y desvío la mirada hacia el horizonte claro que despunta en la mañana de Paris donde hoy día no soy más que un deportado. No hablo su lengua y aunque lo hiciese soy demasiada sanguínea y viva para despuntar en esta región de Europa.

Desde cualquier lugar del mundo ansío a mi tierra, me invade un gran pesar al anhelar a mi Canaria.

En mi isla era una diosa, sintiéndome efervescente al protagonizar sus propios amaneceres; la mar a lo lejos, el viento en la cara y las gaviotas pregonando los infinitos colores de los atardeceres. Allí el tiempo nunca acababa y bastaba solo ser de día para hacer y deshacer a mi antojo.

Recuerdo al Atlántico gigantesco meciendo y haciendo flotar a un pequeño bote de pesca en alguna zona tranquila alejada de la costa, lo llamaba el Bodegón de Peces como el cuadro del famoso Murillo. Solía visitar a mi padre y reír con los otros trabajadores de vez en cuando con los malos chistes de un viejo capitán.

Todavía evoco algunos y lleno mis pulmones para revivir la sensación que deviene a mi mente con locura.

Me ahoga el sonido ligero de la mar profunda y el salitre perforando el más oculto gusto de mi nariz. Entonces doy un paso más hacia donde viene la luz; porque para mí, Canaria es luz. Me detengo al borde del ventanal e intento recordarme espiando a mis anteriores vecinos que hablaban como gallegos y cocinaban los viernes por la tarde en su gran patio el típico puchero canario, se me hacía la boca agua he intentaba escapar de mi madre para ir a donde Lucía y Manuel. Sonrío sutilmente y abro los ojos. Éramos unos niños que en una de esas tardes comprendimos lo que era el amor.

Miro el reloj y me consume el propio tiempo en el que experimenté salir a dar un paseo bajo el sol caliente de España, con José María en las romerías, éramos dos amantes de las torrijas y de las papas arrugadas con pescado.

Solíamos cantar a viva voz las canciones de Alfredo Kraus Trujillo mientras viajábamos a ver a Lady Harimaguada y así pasar cada aniversario junto a las Palmas de Gran Canaria; un mundo de juventud abierto a posibilidades del arte español.

Me encamino hacia el salón de nuestro departamento y coloco un disco de folclore. La música colma mi alma resucitando a la sangre gallega.

Lleno una copa de vino tinto y me siento a contemplar uno de los cuadros Gregorio González Sánchez que compré en nuestra primera cita como recién casados en una de las galerías de Teror.

Su armonía y lógica borrosa concibe que piense en nuestro viaje a San Bartolomé de Tirajana, escondido en lo más intrincado en la hoya de un cráter inmenso. Recorrimos un lago camino para llegar hasta allí y aunque el auto se averió en medio de la carretera nos permitió apreciar el bellísimo paisaje de la Caldera de Tirajana de una manera sorprendente. De ahí aprendí que las casualidades son oportunidades de disfrutar de algo que no se planea.

Ahora solo resta levantarme y tirar de una sola maleta para regresar a casa. El disco llegó a su fin y aunque solo regrese yo, volveré a pensar en mi difunto José cuando recorra de a poco nuestra ciudad y miré más allá del ventanal del Auditorio Alfredo Kraus hacia el sitio donde nací.

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