I
Estando yo en la escuela primaria y con un solo amigo que vivía lejos, el aburrimiento se robaba mis días.

II
Mi vida cambió aquella tarde, cuando al llegar de la escuela, me encontré con un hombre trabajando codo a codo con mi madre en la huerta. Aquel hombre sonrió al verme, se sacó el sombrero, dijo que era amigo de mi madre y me estrechó la mano. Su acento me llamó la atención; cuando dijo que era canario, me quedé sin palabras; pero la sonrisa cómplice de mi madre me tranquilizó. José Antonio -así se presentó- me pidió que lo acompañara hasta la casilla rodante donde se alojaba. De un baúl sacó un atlas enorme y desplegó un mapa de las Islas Canarias. Mientras señalaba dónde había nacido, me dijo que la vida y la curiosidad por conocer nuevas tierras lo habían guiado hasta Buenos Aires. Enseguida nos hicimos buenos amigos.

III
El negocio de la huerta comenzó a prosperar, entonces José Antonio se quedó a vivir en mi casa, y con su casilla rodante, comenzamos a transportar los productos del campo y de la huerta a todos los mercados de la zona.

Al poco tiempo cumplí nueve años. Jamás olvidaré ese día. Cuando llegué de la escuela, José Antonio había cocinado papas arrugadas con una salsa llamada mojo rojo. En mi casa las papas se preparaban de diferentes formas, pero nunca con cáscara. Cuando mi madre puso la fuente sobre la mesa y vi esas papas, que realmente estaban arrugadas, me quedé muy sorprendido. José Antonio agarró una de ellas, me miró y dijo: << ¡Agarro una papa, la mojo en el mojo rojo y adentro! >>. ¡Cómo me reí con ese juego de palabras! Nuestra cocina se vio pronto enriquecida con otras recetas, en donde abundaban desde los más variados potajes, hasta el rancho canario, el almogrote y el gofio escaldado, entre otros platos. Con el tiempo, aprendí a hacer un postre llamado bienmesabe (¡me encantaba esa palabra!).

Durante las noches largas de invierno, junto a la estufa de leña, José Antonio nos contaba sus anécdotas de viajes. Nos cautivaban las historias de los guanches, cuyo dios se llamaba Achamán; sobre Guayota, el demonio que aún permanece encerrado en el volcán Teide, y sobre el gran terremoto que formó las Islas Canarias. A mí me encantaban las historias de aquellas tierras lejanas, que tenían el hotel más pequeño del mundo; desiertos con dunas más altas que edificios; inviernos en los que hacía calor y paisajes iguales a los de la Luna. Aquellos años fueron los más felices de mi madre y también de mi infancia y adolescencia, gracias a ese hombre íntegro que llegó a nuestras vidas y nos ofreció su nobleza y su entrañable sentido del humor.

IV
El dios Achamán se puso muy triste al verme llorar, oyó mis plegarias, y José Antonio logró vencer aquella despiadada enfermedad. Ese mismo año, él y mi madre decidieron irse de Argentina para empezar una nueva vida en Gran Canaria, y yo me quedé en Buenos Aires hasta finalizar mis estudios secundarios.

V
Sigo escribiendo en mi diario. La ansiedad me invita a mirar el reloj del aeropuerto a cada instante; pero aún faltan varias horas para que llegue ese tan esperado reencuentro familiar. Muy pronto cumpliré mi sueño y podré conocer aquellas lejanas islas, cuyas historias y descripciones me cautivaron tanto cuando niño. Llevo ahora puesto el sombrero que solía usar José Antonio. Su tan preciado cachorro canario que me regaló cuando cumplí nueve años, justo el mismo día que la vida me sorprendió al regalarme el padre que siempre quise tener y que, además, hacía las papas arrugadas.

 

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