Mi tía Teresa es la gran dama de las canarias. Nació en la ciudad de Buenos Aires en 1947. Tenía veintinueve años cuando se instauró la dictadura más cruenta de la historia argentina. Teresa militaba en la juventud de izquierda, contraria al nuevo gobierno. Era la oveja negra de una amplia familia de tradición militar: su padre, su hermano, sus cuñados, eran todos hombres de la marina mercante. Así fue como el Teniente General Jorge Rafael Videla, presidente de facto de la Nación, llamó a uno de mis tíos para avisarle que Teresa tenía veinticuatro horas para dejar el país: si no emigraba sería secuestrada, torturada, asesinada, y posiblemente desaparecida como los cientos de miles de civiles perseguidos por el aparato represivo del Estado. Teresa armó rápidamente dos valijas, compró un pasaje a Madrid y embarcó sin dudarlo hacia nuestra madre patria. Vagó un par de meses sin rumbo, con el dolor del exilio, y luego se instaló en Tenerife, donde vive desde hace casi cuarenta y cinco años, en el número 34 de la calle María del Carmen García.

Mi tía Teresa, para mí, es española. Mucho más española que argentina. Tiene acento canario y sus hijos nacieron allí. Prefiere el pescado y no la carne, y le gusta más el frangollo que el dulce de leche. Durante su último viaje a Argentina me trajo de regalo unas chácaras de madera: quiso enseñarme a usarlas y yo puse mucho empeño porque entendí que quería darme parte de su tierra, pero mi descoordinación finalmente la desalentó. Igual me enseñó los versos de su canción favorita y me reí como cada vez que, con su voz ronca por el tabaco, busca una entonación aguda y dulce. Me la estudié de memoria una tarde —tal como hice en tercer grado del colegio cuando aprendí el himno nacional— y la sorprendí en la puerta cantando “Vivo en un archipiélago donde tocan el tambor y la gente se mueve”.

Mi tía Teresa ahora está instalada en Buenos Aires. En otro exilio casi forzoso: su madre —mi abuela— tiene noventa y un años, un cuadro avanzado de Alzheimer y sentimos —y sabemos— que no le queda demasiado tiempo. El exilio de Teresa es haber dejado su país para venir a cuidar a una madre que la desconoce. La visita a diario en la residencia de ancianos y mi abuela la mira con el temor y la curiosidad de cuando uno estudia a un extraño.

Hace poco encontré a Teresa en el living de mi casa, arrodillada en el piso, rezando en voz baja frente una estampita con la imagen de una virgen. Le pregunté qué hacía.

—Le ruego a la Virgen de Candelaria que pronto me deje volver a mi tierra —dijo secándose una tímida lágrima. Yo nunca la había visto llorar.

Hubiera querido decirle que ésta era su patria. Pero sólo atiné a pedirle que me contara, otra vez, sobre el carnaval. Y sus ojos se iluminaron y con una amplia sonrisa me relató cómo toda la gente se disfraza para salir a la calle, los desfiles de los corsos, los vecinos que vitorean desde los balcones, las bandas musicales, la noche de baile, la fiesta de día. Me contó que el año pasado pasó la semana posterior con los pies en remojo en una palangana y cómo el año previo se había disfrazado de sirena.

—¡¿Me imaginas enrollada como un matambre, sudando las nalgas y con las manos bañadas con una brillantina que pasé semanas sin poder quitar?!—y soltó una carcajada con su vozarrón.

Esa noche falleció mi abuela. Mi tía se quedó en Argentina los días siguientes, ordenando, junto con sus hermanos, algunos trámites retrasados. Y embarcó de nuevo a España, con las dos valijas con las que había venido, logrando llegar a su casa, por suerte, justo un día antes del carnaval.

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