En los vuelos de regreso a la tierra que me vio nacer cuido de pedir plaza de ventanilla, siempre en el lateral izquierdo; solo así, cuando el avión inicia su descenso, me es posible vislumbrar la imponente figura del Teide. A su turno todas las islas afortunadas irán haciéndose visibles, pero es gracias a él, axis mundi de los antiguos guanches y morada del demonio Guayota, el espíritu del mal, que Tenerife es siempre la primera en darme la bienvenida. Por suerte, el demonio tiene largos sueños, y solo ocasionales fumarolas recuerdan que un ser de fuego y azufre respira allí abajo, en las profundidades del volcán tinerfeño.

Aunque resulte difícil al viajero retirar la mirada del majestuoso volcán, en mi último vuelo fue la isla redonda, Gran Canaria, la que por una vez reclamaba protagonismo en detrimento de su eterna rival. Una opaca nube de humo se elevaba desde las cumbres occidentales de mi isla natal para adentrarse en el Atlántico impulsada por el viento. La distancia impedía apreciar las llamas, pero un humo tan denso no permitía albergar dudas sobre la ferocidad del incendio. Los mismos alisios a los que tanto deben las islas por llevar humedad a una tierra reseca contribuían ahora a propagar la destrucción. Recordé –pobre consuelo–, que el pino canario es capaz de resistir al fuego, y que era cuestión de poco tiempo que los árboles que ahora ardían recuperaran su lozanía y su verdor. Pero tal habilidad no era compartida por las restantes especies: adernos, madroños y marmulanos. Tampoco renacerían, cual aves fénix, los picapinos que habitaban el bosque. Menos aún los lagartos.

Es por ello que, lejos de disfrutar del queso de flor, del gofio, del chorizo de Teror y de las papas, los esperados días de vacaciones reviviendo una infancia que me fue hurtada prematuramente se convirtieron en días de angustia, atento a la evolución del incendio. Las llamas subían barrancos, quemaban huertos, cercaban a los animales y todo lo convertían en cenizas, transformando las medianías en un paisaje de desolación. Las gentes, que un mes antes celebraban con júbilo la decisión de la Unesco de declarar Patrimonio Mundial el Risco Caído y las montañas sagradas, veían ahora peligrar no solo esos valiosos lugares, sino sus propias haciendas, sus hogares, incluso sus vidas.

Me despedí de la familia dos semanas después, cuando ya el incendio había sido derrotado. Sé, porque no pudo haber sido de otro modo, que fue aquel humo ceniciento, obstinado y espeso el que sin duda hizo llegar la noticia del fuego al mismísimo Achamán, y que fue este, dios supremo de la cosmogonía canaria, quien obró en favor de los descendientes de los antiguos canarios que un día lo veneraron, enviando la lluvia que puso fin a aquel infierno.

Vuelo de noche; nada veo a través de la ventanilla. No hay un último adiós, desde el aire, al Teide o a las islas. Mejor así; siguen en mi corazón. Hasta pronto, Islas Canarias.

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