Querida Elina, te cedo todos los recuerdos y memorias condensados en esta escrito, con el fin de que, si algún día heredara la tara que afecta a mi familia y perdiera la facultad de contarte historias del pasado, aprendas a conocerme mejor a través de este pasaje. Pues, como sabes, la mayoría de los relatos, incluidos aquellos que en tu infancia te leí, se nutren de momentos autobiográficos. Nada de lo aquí narrado es ficticio. Y mi pasado, inexorablemente, se diluye.

¿Recuerdas la carta que escribimos a tus 8 años, a poco de establecernos en Estocolmo…?

“Dear Doris Day: sus canciones han supuesto un nexo de unión entre dos países. Cuando vivíamos en Gran Canaria, mi hija escuchaba ‘Qué Será, Será’ como canción de cuna. Esto contribuía a ampararla en la oscuridad de su dormitorio antes de que se durmiera. Ahora vivimos en Suecia, pero su balada, que Elina y yo continuamos escuchando en la negrura de las frías noches nórdicas y en la luminosidad de los veranos, me evocan indirectamente recuerdos de Canarias. Por ello le estoy profundamente agradecido. Con todo nuestro corazón, buena suerte en todos los días venideros, Miss Day.

Con afecto, Antonio y Elina”.

¿Recuerdas, Elina, cómo te describía el lomo de la montaña que daba nombre a mi pueblo, cubierta de cardones al sol…? ¿O los olores del estío, o el campanario de la iglesia desde donde se avistaban oasis de plataneras? O cómo las casa blancas parecían fluctuar, a mediodía, tras una neblina de calor, y cómo mi madre, desde la azotea de nuestra casa, aguardaba a mi padre las tardes en que se demoraba en los cultivos. La misma azotea en la que, una noche de agosto, ambos creyeron ser testigos del fin del mundo cuando una tempestad de miles de perseidas surcaron el firmamento. Te he hablado de la estantería en la que reposaban mis libros de Salgari, Enid Blyton y Verne, y de la puerta contigua a la habitación de mis padres en la que dormía mi abuela, abierta en los periodos en que su saluddeclinaba, y de la pila en nuestro patio que destilaba agua fresca. En nuestro jardín crecían flores de pascua, dos melocotoneros, una higuera y un naranjo de frutos amargos, y también azucenas que, en verano, dulcificaban las noches. Una bombilla sin lámpara alumbraba la cocina, y los fogones eran de gas. Recuerdo a mi madre, iluminada por la luna llena que levitaba tras la ventana, desinfectando una herida de mi pie…

Ahora, transcurridos los años, miro en la vitrina en la que atesoro un tarro con tierra, fotos y un reloj agrietado, reactivando sus manecillas esporádicamente. Como si pensase que, mientras el mecanismo palpite, también persistirá mi memoria. Pero en el cristal de los estantes se refleja la opaca luz del diciembre nórdico, decreciendo en el atardecer. Y vuelvo a temer que, con la misma celeridad con que oscurece, pierda también la facultad de transmitirte mis recuerdos.

Inevitablemente, retorno siempre a la oscuridad de aquella noche de verano en que tú y yo, en Gran Canaria, contábamos las estrellas fugaces de agosto. Tenías 4 años, y te dije: “Si creyera en los deseos, querría que nunca crecieras”. Aquella noche quise circunscribir, literalmente, el universo a un mundo habitado solo por ambos.

Y a veces lo consigo.

Con todo mi amor…

Doris Day nos escribió. “Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión”…

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