—¿De dónde eres?

—Soy canario.

—Yo también. Vengo de Santa Cruz de Tenerife y ¿vosotros?

—De la Gran Canaria.

Inmediatamente me transporte, recordé la belleza, los contrastes y la aridez de los paisajes y sentí una gran nostalgia por la ausencia de la suavidad del clima de mi ciudad.

Dentro de mi familia habíamos sufrido pero siempre el calor humano nos había restablecido. Mi padre recién había heredado una casa en la Ciudad de Montreal, que decidimos transformarla en hostal y donde planeamos hacer sentir a los emigrantes canarios como en casa.

Mi abuela, siempre vivió con nosotros. Ella era una matrona afectiva, de cuerpo menudo y orgullosa por ser descendiente de los guanches. Nos enseñó a mantener nuestra casa limpia,a lavarnos las manos, y a bañarnos a diario. Era concisa, cariñosa, calmada, directa y cuando hablaba, sosegada y dulce.

En las tardes, cuando la visitaba, me tomaba de la mano y me reconfortaba. Luego sacaba su camándula y me invitaba a rezar el rosario. —Si me acompañas comeremos dulces caseros, tres de cada uno. Luego, de saborearlos, me preguntaba si deseaba cenar.

—Quiero que pruebes estas papas arrugadas con el mojo picón y el de cochino que me sobró de ayer—. Empuñaba la bandeja que tapaba con uno de sus tejidos y me decía: —Te guardé estas dos pelotas de gofio—, me tomaba del rostro para que la mirara de frente y me recordaba: — y no olvides… este fin de semana comeremos calderetas de pescado y sancocho con plátanos fritos—. Mi imaginación se recreaba con las comidas y los vapores que salían de las ollas que recién le había traído de tierras andinas.

—Abuela has olvidado mencionar el potaje de berros. Ese es mi favorito.

—No lo he olvidado—. Y mientras me lo mencionaba cogía una botella de vino artesanal Malvasía con un queso de Flor de Guía, elaborado por la quesera familiar.

—¿Quieres comer más?—la observaba incrédulo y con tono irónico me insistía:

—No te preocupes, continuaremos rezando para no sentirnos culpables—. Por fortuna, pude abrir el restaurante del hostal con lo que ella me enseñó.

—Señor, ¿se encuentra bien?

—Disculpe, me he distraído un poco. No os he preguntado que vais a cenar.

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