Se acerca la época navideña y con ella deliciosos platos que acompañan cada día de diciembre. En Venezuela destacan siempre las hallacas, el pan de jamón, el pernil, ensalada de gallina, entre otros. En mi casa, además tenemos ciertas recetas canarias que mi abuela preparaba en épocas especiales.

Para el 24 de diciembre no podía faltar el delicioso conejo al salmorejo acompañado de papas arrugadas. Y de postre un merengón de fresa, este último no sé si es de origen canario, pero nunca faltaba en una celebración sus gordas capas de merengue relleno de trocitos de fresas frescas y crema batida.

Desde pequeña he sido de buen paladar. No le hacía asco a los vegetales ni tampoco pasaba horas sentada a la mesa de comedor, sufriendo para terminar lo que había en el plato, de hecho era lo contrario y eso a mi abuela la hacía feliz. La comida era fundamental en su vida, era su forma más pura de expresar amor y de demostrar lo mucho que le importabas. Por eso, si le correspondías chupándote los dedos al terminar alguno de sus almuerzos o si pedías repetir, no sólo era el mejor halago que podías hacerle sino que demostrabas que el cariño era recíproco.

Entre esas comidas típicas, siempre había, en alguna lata, generalmente en el gabinete encima de la mesa de la cocina, un montón de doradas rosquitas glaseadas con azúcar, los adorados “rosquetes”. Es por eso que hoy estoy buscando con desesperación la receta, para continuar con una tradición que trae recuerdos en cada bocado.

Reviso gavetas, carpetas, papeles. Era una hoja blanca, la escribí una tarde después de salir del colegio, mi abuela iba a preparar rosquetes, le pedí acompañarla y anotar cada paso para algún día poder prepararlos yo también.

Fue difícil conseguir la receta porque Luz Marina, mi abuela, nunca medía ningún ingrediente. Para mí, eso era insólito. Las pocas cosas que sé cocinar, las preparo siguiendo las instrucciones y medidas exactas, incluso uso una pesa para calcular el tamaño ideal de las arepas.

Pero mi abuela hacía todo al ojo por ciento. Es por eso que esa tarde, sentada en la mesa de la cocina, saqué una hoja en blanco y obligué a mi abuela a medir cada ingrediente de los famosos rosquetes.

—Echas un poco de harina —decía colocando un montoncito sobre la mesa.

La harina era una de esos ingredientes que no podía faltar en casa de mi abuela. El aceite, azúcar y las papas siempre estaban presentes en esa cocina de topes blancos con bordes de madera barnizados de azul rey. Las papas siempre me recuerdan a sus cuentos de infancia, los escuché tantas veces que puedo ver las imágenes como una película en mi cabeza.

Ocho hermanos, Luz Marina la menor, una madre soltera que salía desde temprano a vender en el pueblo queso de cabra, una hermana mayor que se quedaba a cargo de aquella casa alejada de todo, en lo alto de la montaña. Dos hermanos luchando en la guerra civil española.

Una comida fuerte al día: cocido preparado con los vegetales que la madre, Josefa, pudo  comprar con las ganancias del día, siempre acompañado con gofio.

La Palma no recibió bombardeos ni ataques durante la Guerra Civil, ni tampoco durante la Segunda Guerra Mundial, sin embargo 10 años en una situación como esa le complica la vida a cualquiera. Y podría decirse que las papas, el queso de las cabras que tenían en la casa y el gofio, fue el alimento principal de mi abuela y sus hermanos durante esa difícil época. Por eso, en ese apartamento de Alto Prado, nunca podían faltar.

Funcionaban como reserva, como Rosquetes protección ante cualquier eventualidad, con ese ingrediente podía resolver un almuerzo o una cena con facilidad.

Me siento a pensar un momento. Muchas veces busco algo por horas y al despejar la mente o, simplemente, al no necesitar más ese preciado objeto, aparece de la nada. Respiro profundo y pienso dónde pude guardarla. ¿En la carpeta de los documentos?

—Una pizca de sal y un puñito de matalauva —continuaba mientras yo la detenía para medir con precisión aquellas semillas de anís.

Algo que mi abuela adoraba casi tanto como cocinar era la jardinería, tenía el balcón lleno de matas sembradas sin orden alguno. Todas las mañanas pasaba horas regando cada una de ellas. Helechos, orquídeas, begonias, violetas, tomates cherries, y por supuesto pasote, una hierba con la que preparaba un delicioso té dulce capaz de curar cualquier malestar estomacal.

Dolor de estómago es lo que me está dando al no encontrar esta receta, soy desordenada, pero suelo guardar con cuidado las cosas importantes y ¡vaya que la receta de los rosquetes es importante!

—En el medio echas los huevos, un chorrito de aceite, como esto de azúcar, un fisquito de polvo de hornear y un poquito de vainilla —decía mientras iba poniendo los ingredientes dentro del pequeño volcán de harina.

Han pasado más de 15 años desde que la acompañé durante todo el proceso de elaboración de los rosquetes, tengo la imagen clara en mi cabeza. Para ella ya era algo mecánico, no tenía que pensar en cada paso, era tan natural que le costaba detenerse para que a mí me diera tiempo de anotar todo en esa hoja que hoy no encuentro.

Aunque mi abuela disfrutaba ver programas de cocina, no la recuerdo siguiendo una receta al pie de la letra. De hecho, era común que cambiara algún ingrediente por otro porque consideraba que le podía quedar mejor o porque no lo tenía en casa y decidía sustituirlo.

Busqué la receta en Google, les dan distintos nombres: roquillas, rosquitas canarias, roscas azucaradas… Aunque todas podrían parecer iguales, no lo son. Los rosquetes de mi abuela son diferentes y han cautivado a todo aquel que los haya probado alguna vez. Quien haya conocido a la señora Marina, al recordarla, una de las primeras cosas que mencionará será los rosquetes mientras se relame los labios.

—Cuando tenga textura de mayonesa, vas agregando harina poco a poco —decía mientras sus manos se empegostaban con los ingredientes.

He volteado la casa y aquel papelito con la palabra “rosquetes” sigue sin aparecer. Me frustra pensar que un legado tan importante se pierda de esta manera.

—Vas agregando agua hasta que la masa tenga esta textura firme —formaba una bola y la tapaba con un paño de cocina. —Media hora de reposo —decía.

La ayudé a formar pequeños aros con la masa, para unirlos había que enroscar un poco las puntas eso evitaría que se soltaran en el aceite hirviendo.

—El melado no tiene medida, echas agua y azúcar en una olla—. Fue la única parte de la receta imposible de medir.

De pronto me doy cuenta de que, aunque no haya conseguido la hojita blanca con las anotaciones de aquella tarde de hace 15 años, tengo la receta presente en cada recuerdo que tengo de mi abuela, en cada historia, en cada momento que viví con ella y por eso ahora los rosquetes tienen un significado aún más importante para mí.

 

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