El cielo amenaza tormenta, apenas hay gente en el aeropuerto. Espero a un primo lejano a quien no conozco en persona. Viene con su mujer y su hija en un salto al vacío que atraviesa los años hasta encontrar su punto de partida en mil novecientos cincuenta. El nueve de agosto de ese año, mi tío abuelo se embarcó junto a otros ciento setenta canarios en el Telémaco, un barco minúsculo con destino a Venezuela. Fue aquel un viaje clandestino e imposible que a punto estuvo de llevarlos al fondo del océano en un par de ocasiones. Exhaustos, sin víveres, y después de ser rescatados en la isla de la Martinica, llegaron al fin a las costas venezolanas el dieciséis de septiembre. Fuimos durante semanas un pino al borde de un incendio, todavía no sé cómo pudimos resistir, dejó escrito mi tío abuelo en una de las pocas cartas que envió a sus familiares de Tenerife.

La megafonía me saca con brusquedad de mi ensoñación, el vuelo procedente de Caracas acaba de aterrizar, anuncia. El tiempo se torna entonces elástico, un segundo puede durar varias horas, y varios minutos se esfuman en un segundo. Mi estómago se llena de bruma, y mi boca de tierra. No comprendo este malestar que me invade. Quizá es el mismo miedo que me acecha cada mañana en el espejo. Una sensación de pérdida, de pieza extraviada en un puzle, a la que ya me había acostumbrado y que amenaza con ser trastocada para siempre. Sí, debe de ser eso, la incertidumbre ante un nuevo e inevitable equilibrio.

Aunque no hubiera hablado con él por videoconferencia en los últimos meses lo habría reconocido de inmediato al verlo cruzar la puerta de salida. Tiene el mismo perfil de mi padre, la misma expresión huidiza de mi abuelo, la misma forma de caminar, sin apenas levantar los pies, como flotando perpetuamente unos milímetros por encima del suelo, que tengo yo. Hola, primo, dice entre carraspeos. Hola, Gabriel, respondo. Hay una distancia mínima entre nosotros en la que caben cientos de universos, hay una mezcla de vergüenza y culpa y abismo, hay un abrazo blando, de desconocidos en un funeral. Nos separamos. Muchas gracias por el trabajo. De corazón, dice mi primo. Es lo menos que podía hacer, contesto, sin saber muy bien aún qué empleo le daré en la gestoría.

Subimos a mi coche. En la radio hablan de los posibles pactos de gobierno y de un virus nuevo que ha aparecido en China. A esta hora las luces de Navidad están apagadas y las calles transmiten una cierta nostalgia nocturna. Miro a Gabriel por el retrovisor. Hay en sus ojos más miedo que curiosidad, más cansancio que alegría. Pienso en esta migración de ida y vuelta, pienso en mi apellido que durante generaciones ha ido perdiendo láminas de piel, pienso en esta reunión y en cómo podremos sanar una grieta cuyas dimensiones se nos escapan.

En mi casa vemos fotos antiguas hasta que llegue mi esposa de su trabajo. En una de las fotografías aparecen mi abuelo y el abuelo de Gabriel, hombro contra hombro, unidos, sonrientes, casi niños ¿Sabes que apostaron a cara o cruz quién de los dos haría el viaje? Ahora mismo podrías ser tú el venezolano, me dice. Sí, lo que no sé es si viajó el perdedor o el ganador de la apuesta, respondo, y por primera vez escucho su risa.

-Es una pena que perdieran el contacto – añado.

-Fue culpa de mi abuelo – confiesa Gabriel -. Estar lejos de su tierra le dolía demasiado y para no sufrir prefirió olvidar parte de sus raíces. Me lo dijo poco antes de morir.

-¿Parte de sus raíces?

-Sí. En muchas cosas era exageradamente canario. Tocaba el timple cada vez que nos juntábamos, y a todos los nietos nos inculcó la pasión por el Carnaval y por la Candelaria…

Mi mujer entra en ese instante, repartiendo besos. Que felicidad teneros aquí, exclama, dejando en el centro de la mesa una tarta que acaba de comprar. Sin que nos demos cuenta tenemos todos de pronto un plato en el regazo. Gabriel y yo mordemos nuestras porciones de tarta y, casi al unísono, decimos: qué buena, es de bienmesabe. Y reímos, conscientes de que ya hay nudos invisibles en este salón, ilusionados en los que iremos forjando en el futuro, y sabedores de que a veces, sólo a veces, hay que marcharse de casa para regresar al hogar.

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