Hoy como cualquier día despierto al son de un par de alarmas, aunque con la vista nublada es inevitable escuchar al fondo el rasgado de un timple, que con lacónica voz es acompañado en un canto que habla de amores perdidos, quizá por algún embate de la vida, quizá por la presurosa muerte que en el caso de una madre siempre llega antes; sonido que proviene del equipo que de manera concienzuda mi abuela aprendió a utilizar en cuanto le regalamos un par de discos con sus canciones favoritas, un recopilatorio de las parrandas que solía escuchar mientras se paseaba los domingos por la Plaza del Ayuntamiento de la Orotava, obviamente después de ir a misa para que le dieran permiso; y es que no importa suene la más triste malagueña o la más animada isa, su sonrisa que haciendo coro a la música siempre es la misma; con los años entendí que esa sonrisa no tenía nada que ver con notas musicales, sino con recuerdos construidos en parajes de un jardín llamado Canarias, y además comprendí por propia experiencia, que aunque esas canciones suenen igual nunca dicen lo mismo; eso sucede cuando se escuchan desde el corazón y éste las interpreta según sus necesidades.

Mis sentidos menos amilanados, se allanan por un aroma inconfundible; el barraquito ya está dispuesto a la vera de una torre de tortitas que sin matalahúva ni se asoman a lo que deben ser; diría que les falta el toque necesario para ser degustadas en la única medida que conocemos en casa para ésta combinación, y es hasta estar satisfechos; ahora ya con el buche lleno, prosigue mi día y antes de salir al trabajo no solo pido la bendición de mi madre y mis abuelos, sino que es inevitable pasar por la consola donde reposa la Señora; así le llamo por cariño, esa que también llegó hasta ésta tierra envuelta cuidadosamente en una maleta, y a la que se le encomendó la suerte de la familia en la tierra prometida, ya son cuatro generaciones que se pasean ante ella cada día, bien sea para pedir su protección, para ser asistidos ante una necesidad o para encomendar el alma de algún familiar encendiéndole una velita consagrada en su día, que tampoco puede faltar; yo quizá por la familiaridad de verla desde que tengo conciencia, con una picada de ojo y un beso al aire solo le digo “cúbreme con tu manto de fuego, Guapa” y me echo a andar.

Es inevitable tomar una carretera y no ser invadido por los recuerdos de una niñez no tan lejana, en el que las horas junto a mi abuelo sentado de copiloto pasaban en un pispás, aprendiendo lo que después comprendí eran décimas; algunas jocosas, unas infantiles, otras encarnadas; pero que nos hacían el trayecto ameno y a mi particularmente feliz, ahora el de la sonrisa invadida por los recuerdos soy yo; y con la misma emoción me recito esos versos entre la nostalgia y la emoción.

Así, cuando fui creciendo entendí que mi familia no era común; en ella existía una magia peculiar; tanto que hasta nos enfermábamos de cosas rarísimas, el padrejón era cosa común entre los adultos y a mi hasta se me viró el buche una vez, menos mal que como eran cosas de familia, mi abuela tenía todos los remedios, porque acá, ningún médico daba con la receta adecuada. En el momento en que me volví adulto comprendí muchas cosas y realmente me sentí bendecido, porque en unos cuantos baúles montados en un transatlántico hace más de medio siglo, mi familia se trajo un trocito del Jardín de las Hespérides; porque al salir de su tierra no dejaron Canarias, sino llevaron a Canarias al mundo.

Hoy, sé que en mi sangre se mezcla el aire caribeño, con la más ardiente lava de volcán, que respiro llanura, arpa, cuatro y maraca, pero que el corazón se mueve al son del timple y las chácaras; que aunque resida al norte del sur de un continente llamado América, mis querencias se baten en olas en ocho islas dispuestas en el Atlántico, hoy consiente de mi identidad puedo decir que no vivo en Canarias, sino que vivo Canarias cada uno de mis días.

 

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