Vuelve a ser 24 de agosto.

Durante el día de ayer, y el de anteayer; desde hace una semana, quizá un poco más, en casa, en una modestia angulada del salón ha ido tomando forma, como cada año, un entramado notable en proporciones que ha acabado domesticado en forma de corazón.

Apoyada en un pie de madera, la estructura me llega a la cintura. Se ha ocupado mi madre, pero yo he contribuido también a su erección. Mi padre se ha vuelto a desentender y solo acierta a exclamar un “qué lindo” que le sirve igual para calificar un atardecer que para encasillar un gol.

Vivo, vivimos en la Boca, uno de los múltiples ecosistemas urbanos de Buenos Aires, no demasiado alejados de un mar que permite ser avistado desde la azotea. Cuando se me exacerba la morriña, asciendo hasta ese campo base aéreo de la catarsis visual y extraigo los breves recuerdos de mis Canarias difuminados por el peso del tiempo.

A mi padre parece que se le haya evaporado la nostalgia y aunque mi madre percute con la insistencia de las insatisfechas con retornar, a él se le ha ido poniendo un acento porteño entreverado de chicharrero que descoloca al interlocutor porque lo creen de Mendoza. Mi madre, en cambio, mantiene las eses oriundas y una dulzura en los diptongos que la mantienen anclada, y no solo verbalmente, a sus raíces tejineras.

Volver se ha convertido en un verbo demasiado inaccesible para una economía familiar que no ha cubierto las expectativas de prosperidad con las que mis progenitores me narraron que tomaron la decisión de cambiar de continente para mitigar una bancarrota que sobrevino cuando la de muchos.

Mi madre me confesó que cuando informaron de su decisión migratoria a los de su Barrio Alto en Tejina, los trataron de cobardes, de ratas, de descastados, pero lo cierto es que un tío de mi padre afincado acá ofreció trabajo a ambos y aunque los salarios eran inferiores a los tinerfeños, dos sueldos parecían multitud en aquellos tiempos torcidos.

Mi padre se integró con prontitud. Mi madre sigue cantando folías y escuchando a los Sabandeños. Yo hibridé. De costumbres, de deje, de melancolía, de identidad.

Ella quiere volver a su Tejina. A él le motiva el mate y el Boca Juniors. A mis casi diecisiete los tergiversan el acomodo de mi entorno y una genealogía canaria que mantiene su hoja perenne en mis instintos.

–Volar es caro. No podemos permitírnoslo. El año que viene.

Así llevamos doce agostos de vacío intercontinental. Con mi padre prometiendo que al siguiente regresamos.

–¿Para quedarnos?

Creo que pregunto lo mismo cada año y cada año responde con uno de esos “ya veremos” que saben a conformismo, a mañana le abriremos, para lo mismo responder mañana.

Mamá amenaza con retornar sola. O conmigo. Se le está oxidando la piel de no oler a su tierra canaria que, aunque también es la mía, no la llevo tatuada en el acento ni en el envés de las retinas como ella.

Para sacudirse la vorágine interior que le acude a mamá cuando se acerca la fecha del santo patrón al que ella reza cuando la intemperie se adentra intramuros de su desazón, se vincula con lo suyo armando ese corazón ribeteado de frutas, trenzado en mimbre, el interior tachonado de tortas de pan.

–Los verdaderos corazones de nuestro pueblo despiertan admiración. Tan altos, tan coloridos. A mí siempre me ponían los ojos con sabor a mar.

Me evoca las parrandas, y los piques, y las porfías, y el Haragán. Yo no recuerdo apenas la fiesta. Mis cuatro años de la última no dan para mayores detalles que una niebla diluida de gentío y sol, de cánticos imprecisos, la mar a lo lejos…

Pero vuelve a ser 24 de agosto y mi madre y yo hemos madrugado para renovar el rito. Papá duerme, incluso ronca, es domingo y libra.

Tomo el corazón por el pie y lo elevo lo justo para que no colapse por contacto con el techo. Doy vueltas a la mesa del salón con los dos corazones en vilo, el anatómico y el ornamental. Ella improvisa una copla, y otra, y otra, con las letras rotas por la distancia. Después le reza una oración propia a san Bartolo y cuando finaliza extrae un par de tortas de pan para desayunar.

Papá sigue roncando.

–El año que viene volvemos. Con o sin papá. Para quedarnos.

La voz le surge tan resuelta como mi abrazo de chico canario que no aspira a envejecer acá.

Votar Relato